
VIERNES SANTO
3 de abril de 2026
«Mirarán al que traspasaron» (Jn 19,37). Con estas palabras, el autor del cuarto Evangelio recuerda lo anunciado por los profetas y hace una a contemplar a Jesús crucificado, la víctima inocente. Ante este misterio, sería conveniente que hiciéramos un doble coloquio: con Jesús y con nosotros mismos, usando las mismas palabras de Poncio Pilato: «¿Qué es lo que has hecho?» (Jn 18,35).
¿Qué has hecho, Jesús, para ser contado entre los malechores? ¿Qué has hecho para tu vida terminara en forma dramática? ¿Qué has hecho para que los sumos sacerdotes te llevaran al calvario? ¿Qué has hecho para que las autoridades de Israel te condenaran a muerte, te coronaran de espinas y se burlaran de ti? Posiblemente, el crucificado nos respondería: «Amar, amar hasta el extremo». ¡Ese fue el delito de Jesús: amar hasta dar la vida por sus hermanos! Esta fue la acción que las autoridades políticas, sociales y religiosas no pudieron perdonar. Amó a los hambrientos y multiplicó los panes para alimentarlos; amó a los enfermos y se acercó a ellos para darles la salud; amó a los que habían perdido el sentido de su vida y conversó con ellos para recordarles si dignidad; amó a quienes habían perdido sus derechos más elementales y les animó a no perder la esperanza pues son hijos de Dios. Pero además de amar a sus hermanos, Jesús vivió dando testimonio de la verdad; una verdad que puso en evidencia la maldad del corazón humano que, usando su autoridad, se atreve a oprimir y a lastimar; una verdad que desenmascaró a aquellos que, cuidando sus intereses, vivían para señalar y excluir. Este fue el delito de Jesús: amar hasta el extremo y vivir en la verdad. Por eso fue sentenciado y conducido a una muerte infame.
Y mirando al que traspasaron, debmos dar una respuesta: «En adelante, ¿qué estamos dispuestos a hacer?». No podemos permanecer indiferentes ante un Dios que da la vida por nuestra salvación. ¿Qué vamos a hacer para remediar el sufrimiento de Jesús que continúa padeciendo en la vida de tantos hombres y mujeres? ¿Qué estamos dispuestos a hacer para bajar a los crucificados de las cruces de injusticia, violencia, pobreza y exclusión? Que nuestra respuesta sea la misma de Jesús: amar hasta el extremo y vivir en la verdad.
Puede ser de utilidad el testimonio de dos hombres que aparecen en torno a la muerte del Mesías: José de Arimatea, discípulo de Jesús, oculto por miedo a los judíos, y Nicodemo, el mismo que lo visitó durante la noche para hablar sobre el nuevo nacimiento. Estos dos hombres no permanecieron indiferentes ante la muerte del Maestro: salieron del anonimato declarándose discípulos de Jesús y en adelante debieron proclamar la Buena Nueva del Reino en comunión con los demás discípulos. ¿Qué haremos nosotros ante el misterio de la muerte de Jesús? Como Nicodemo y José de Arimatea seamos autéticos discípulos del Maestro asumiendo en nuestra vida la opción por el Reino de Dios que nos conduce hacia la verdadera felicidad.
Que el misterio de la Pasión y muerte del Señor nos permita recordar que él dio la vida por nosotros para enseñarnos a vivir en la verdad y amar a nuestros hermanos. De esta manera, podremos vivir como auténticos discípulos del Señor, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
P. Eloy de San José, C.P.
