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VI Ordinarío

VI DOMINGO ORDINARIO

15 de febrero de 2026

Hemos dicho que todos los seres humanos deseamos conquistar la felicidad en esta vida. Sabiendo este anhelo, Jesús presenta las bienaventuranzas como el camino que conduce a la dicha deseada. Y después de esto, habla a sus discípulos para hacerles una encomienda: «Ustedes son sal de la tierra y luz del mundo» (cfr. Mt 5, 13-14); sal para evitar la corrupción de la sociedad y luz para iluminar el mundo desde la vivencia de la caridad. Posteriormente, Jesús señala un elemento de suma importancia para todos en Israel: su pertenencia al pueblo que Dios había elegido. 

 

Conviene recordar que, durante la caminata por el desierto, tras la salida de la esclavitud, Dios pactó una alianza con Israel que será recordada durante toda la historia: «Yo seré tu Dios y tú serás mi pueblo» (cfr. Ex 6,7;  Jer 32,38; Ez 36,28) y en la cual, se encontraba el fundamento de su felicidad pues Dios se había reservado un pueblo para sí, al que habría de cuidar y acompañar en todo momento de su historia. Para recordar el contenido de la alianza, Dios dictó los diez mandamientos que eran observados con suma fidelidad; lamentablemente, con el paso de los años, dicha observancia se fue quedando sólo en la superficialidad: se cumplían los mandamientos de acuerdo con la letra pero se olvidaba el motivo profundo: si Dios entregó el decálogo fue para que el pueblo pudiera vivir desde el amor a Dios y el amor al prójimo, de modo que todos pudieran amar a Dios, teniéndolo como el centro de su vida y aprendieran a amar y a cuidar a sus hermanos. Por eso, Jesús dice a la muchedumbre: «No he venido a abolir la ley sino a darle plenitud» (Mt 5,17); no ha venido a erradicar los mandamientos que Dios dio a Moisés para imponer una nueva normativa; simplemente, he venido para que esa ley, fundamentada en el amor, alcance su plenitud y dé felicidad a todos los seres humanos. 

 

De ahí que, Jesús, citando tres mandamientos basta conocidos, señala sus verdaderas implicaciones. «Ustedes han oído que se dijo a los antiguos: No matarás» (Mt 5,21). Todos en Israel observaban este mandamiento; sabían que no tenían permitido arrebatar la vida a sus hermanos, pero en ocasiones, parece que despreciaban a demás, criticaban al que pensaba diferente y despreciaban a aquellos que actuaban de una forma distinta. Por eso Jesus señala que no se ha de cumplir únicamente la norma dictada sino que es necesario considerar el amor al hermano. Por eso, todo aquel que insulte, desprecie o se llene de resentimientos contra su hermano será reo ante el tribunal (cfr. Mt 5,22). No basta decir que se observa el quinto mandamiento porque no se atenta contra la vida de los demás, es necesario pensar cuánto amor se tiene por las demás personas para cuidarlas, luchar por su bienestar y promover su desarrollo para que alcancen la felicidad. 

 

Jesús continúa señalando el noveno mandamiento: «Han oído ustedes que se dijo: No cometerás adulterio» (Mt 5,27); todos en Israel sabían que para declarar una adulterio, era necesario conocer un hecho consumado, pero Jesus hace un añadidura: no basta una infidelidad comprobada, es necesario revisar las intenciones con las cuales nos acercamos a los demás pues «todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón» (Mt 5,28). En este sentido, tendríamos que pensar cuáles son las intenciones que tenemos al mirar y tratar a las personas que encontramos en nuestro camino pues, con frecuencia, se considera a los demás como simples medios para obtener placer o satisfacción sensorial. Y el ser humano, al ser imagen de Dios, merece respeto, amor y consideración, por tanto, el adulterio no estará sólo en un hecho que se consume, sino en la forma en que mira a los demás. 

 

Finalmente, Jesús recuerda el segundo madamiento: «Han oído que se dijo a sus antepasados: No jurarás en falso» (Mt 5,33). Todos en Israel personas que nos rodean continúa Jesus citando la ley han oído ustedes que se dijo no jurarás en falso. Todos en Israel sabían que no podían tomar el nombre de Dios para buscar la verdad en los hechos falsos y Jesús lo recuerda con firmeza: nunca se debe poner a Dios como testigo de la falsedad, de modo que, cuando construimos la vida a base de mentiras o con embustes nos relacionamos con los demás, estamos atentando contra el mismo Dios porque Él es la fuente de la verdad.

 

Por tanto, en nuestra búsqueda de felicidad, nosotros, los discípulos de Jesús, llamados a ser sal de la tierra y luz del mundo, tendríamos que pensar de qué manera estamos viviendo el mandamiento del amor. Cuánto amamos a Dios para hacerlo el centro y el fundamento de nuestra vida, y cuanto amamos a nuestros hermanos para cuidarlos, respetarlos y trabajar por su felicidad. 

 

Que estas palabras nos interpelen, de modo que estemos dispuestos a vivir en la dinámica de un amor oblativo que nos lleve a respetar y a cuidar a las personas que encontramos en nuestro diario caminar, y a amar a Dios, nuestro Padre, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

 

P. Eloy de San José, C.P.

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