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IV DOMINGO ORDINARIO

1 de febrero de 2026

Todos los seres humanos anhelamos la felicidad en esta vida. De hecho, las decisiones que vamos tomando el la vida cotidiana, están encaminadas a acercarnos a tan ansiada felicidad. La sociedad en que nos encontramos también nos invita a conquistar la felicidad y nos presente tres caminos para hacerla realidad: el tener, el poder y el placer. 

Con frecuencia, se suele pensar que los que cuentan con más recursos económicos, son los más felices. Por eso, muchas personas se obsesionan con su trabajo, no con la intención de poner en acto sus dones y talentos o dar un servicio de calidad a sus hermanos, sino para obtener una retribución económica que les permita aumentar su capital y adquirir los bienes y servicios que desean. Pensando que la felicidad está determinada por los bienes materiales, muchos hombres y mujeres han establecido como meta fundamental de su vida el aumento de su capital y la consolidación de su patrimonio. 

Hay quienes piensan que la felicidad es consecuencia del poder y la autoridad que se tiene para determinar la vida de los demás. Esto lo vemos tanto en el ámbito social como en la realidad de la familia, donde muchos se aferran a la posibilidad de tener la última palabra en las discusiones, señalar lo que se debe o no debe hacer o mover la voluntad de los demás de acuerdo con su conveniencia.

Unos más consideran que la felicidad se obtiene a través del placer sensible que se puede experimentar en la vida; de ahí que muchos hombres y mujeres vivan buscando experiencias que estimulen su sensibilidad, diciendo que, mientras se sienta un poco de placer, todo, absolutamente todo está permitido.

No obstante, es necesario señalar que ni el poder, ni el tener, ni el placer conducen hacia la plena felicidad. De hecho, podemos constatar que muchos hombres y mujeres, con sus necesidades materiales satisfechas y un considerable patrimonio, viven con una profunda insatisfacción que les impide disfrutar aquello que tienen; muchos, aunque han conservado la autoridad sobre los demás, determinando la vida y el rumbo de quienes están a su alrededor, viven experimentando una intensa soledad interior que les impide alcanzar la dicha anhelada; cuántos hombres y mujeres, obsesionados en la búsqueda de experiencias que estimulen su sensibilidad y hasta cayendo en adicciones, viven con una insondable frustración que nos les permite vivir en plenitud. Por eso, como hemos señalado anteriormente, ni el poder, ni el tener, ni el placer son los caminos que conducen hacia la auténtica felicidad. 

¿Qué podemos hacer, entonces, para alcanzar la dicha tan deseada? Me parece que Jesús de Nazaret nos ha dado la respuesta en el discurso de la montaña. San Mateo nos recuerda que, cuando Jesús inició su predicación, presentó las bienaventuranzas como el camino que conduce hacia la auténtica felicidad. Evidentemente, muchos podemos sentirnos desconcertados al considerar su contenido pues, cuando hablamos de la felicidad, pensamos en bienestar y comodidad, y Jesús nos está diciendo: «Dichosos los pobres… dichosos los que lloran… dichosos los que sufren… dichosos los que padecen persecución…» (cfr Mt 5, 3-12). 

¿Cómo entender estas palabras y asumirlas como un camino hacia la felicidad verdadera? Jesús no está exaltando la pobreza, el llanto, el sufrimiento o la persecución; sólo presenta su proyecto como camino de felicidad; es decir, nos invita a vivir abrazados a él para conquistar la dicha plena. Y es que, cuando vivimos unidos a Jesús, las bienaventuranzas se vuelven realidad: considerando a Jesús como el valor absoluto de la vida, todos los bienes temporales comienzan a ser relativos y entonces se vivirá como pobre de espíritu; el que está unido a Jesús será dichoso porque, como él, será misericordioso, construirá la paz y se comprometerá en la implantación de la justicia. El que está unido a Jesús y asume su misión, muchas veces encontrará el llanto, no como expresión de simple dolor sino como manifestación de la vida (el que está vivo tiene la capacidad de llorar, como el niño recién nacido cuya primera expresión de vida al salir del vientre materno es el llanto); en este sentido, es dichoso el que está vivo y comparte la vida de Jesús, teniendo la capacidad de llorar por el dolor de sus hermanos.

Este es el camino que Jesús presenta para alcanzar la plena felicidad: vivir perfectamente unidos a él, asumiendo su misión y desarrollando sus mismos sentimientos. En este sentido, conviene recordar las palabras que el apóstol Pablo escribe a la comunidad de Corinto: «el que gloría que se gloríe en el Señor» (1Cor 1,31), o dicho de otra manera: el que busca su felicidad que no se pierda en las cosas de este mundo sino que busque en el Señor.

Que el Señor nos libre de la seducción del poder, del tener y del placer, y nos permita reconocer que podremos alcanzar la felicidad que tanto deseamos si vivimos unidos a Jesús, el Mesías salvador, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

 

P. Eloy de San José, C.P.

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