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VI DOMINGO ORDINARIO

11 de febrero de 2024

De nueva cuenta, el Evangelio de Marcos nos presenta a Jesús como un hombre capaz de hacer obras portentosas. El relato de este domingo nos recuerda el episodio de la curación de un leproso. Mientras Jesús camina por el territorio de Galilea, le sale al encuentro un leproso para implorar su curación. 

 

¿Qué significaba ser un leproso en los tiempos de Jesús?

 

Para corresponder a la santidad de Dios manifestada a Israel desde el tiempo del éxodo, los hebreos desarrollaron una serie de normas sobre lo puro y lo impuro, no sólo aplicadas a las personas sino incluso a elementos de la naturaleza o las costumbres humanas. La pureza favorece la vida, el gozo, la racionalidad, el dominio de la naturaleza; mientras que lo impuro se relaciona con lo sucio, turbio, falso, anormal, desordenado y conduce al debilitamiento de la vida. Por eso, el que está impuro tiene prohibido tocar las cosas sagradas y debe ser separado sin remedio de la comunidad.

 

De acuerdo con el libro del Levítico, existen distintos grados de impureza que van desde los procesos de la fisiología sexual humana hasta las mismas enfermedades. Para recuperar la pureza era necesario superar la situación que la ocasionó, limpiarse y ofrecer un sacrificio que variaba según la gravedad de la impureza. En este proceso el sacerdote de la comunidad ejercía un rol fundamental pues era el encargado de declarar tanto la pureza como la impureza, y en el segundo caso, la pena de expiación. 

 

Cuando aparecía una llaga en la piel del ser humano, el sacerdote tenía la obligación de revisarla. Si ésta no desaparecía en un plazo de siete días, el hombre debía ser declarado «impuro» y en consecuencia, separado de la comunidad. “Traerá la ropa descocida, la cabeza descubierta, se cubrirá la boca e irá gritando: «Impuro, impuro». Mientras le dure la lepra, seguirá impuro y vivirá solo fuera del campamento” (Lv 13, 45-46)

 

De este modo, un leproso más que un enfermo era considerado un extraño para la misma comunidad. Muchos en la historia de Israel fueron excluidos a causa de este padecimiento. Para ellos, la vida perdía sentido pues vivían al margen de la sociedad en condiciones de absoluta marginación.

 

En el relato de Marcos, un leproso tiene el atrevimiento de dirigirse a Jesús. Seguramente había escuchado las acciones que estaba realizando en bien de los sufrientes (expulsión del endemoniado en la sinagoga de Cafarnaúm, la curación de la suegra de Simón y de muchos enfermos) por lo que se atreve a cruzarse en su camino. Es interesante su actitud ante Jesús pues no exige se le restituya la salud sino que, puesto de rodillas, mostrando su vulnerabilidad, implora la curación: “Si tú quieres, puedes curarme” (Mc 1, 40). 

 

Y como sucedió con la suegra de Simón, Jesús no pronuncia una fórmula para restituir la salud ni hace gestos sorprendentes: simplemente lo ve, se compadece, le extiende la mano y lo toca. ¿Realmente el leproso estaría afectado sólo por un padecimiento o tenía necesidad de ser reintegrado, después de su enfermedad, a la comunidad hebrea? Personalmente, sin hacer a un lado la primera posibilidad, me inclino por la segunda. Lo que este hombre, enfermo necesitaba era una mirada de compasión después de haber vivido no sabemos cuánto tiempo al margen de la sociedad; seguramente lo que le hacía falta era sentirse estimado, valorado, amado. Los hombres de su tiempo, fieles cumplidores de las normas sobre la impureza, no tenían la capacidad de dar un gesto de humanidad, en cambio Jesús, sin dudar un momento, mira al enfermo, se compadece por su situación, lo toma entre sus manos y le devuele la dignidad que, a causa de su enfermedad, le había sido arrebatada. ¡Cuántos leprosos habrá en nuestros ambientes necesitados de una mirada compasiva, de un abrazo, de una palabra que les reconozca su valor como personas!

 

Al quedar limpio, sin embargo, para cumplir con la norma establecida en el Levítico, Jesús lo envía con el sacerdote para que lo declare puro y realice el rito de purificación. Y le manda con severidad (así dice el texto) que no divulgue lo que ha sucedido; es decir, que no dé a conocer a nadie que Jesús le ha hecho experimentar la salvación. 

 

¿Por qué la necesidad de mantener este hecho en secreto? Me inclino a pensar que Jesús quiere que los seres humanos descubran la presencia actuante de Dios en la historia por experiencia personal y no simplemente por la voz de los testigos cuya palabra podía ser malentendida. Si Jesús empieza a ganar fama, seguramente será identificado como el Mesías liberador que tanto ansiaba el pueblo: es decir, un mesías político que con las armas podría traer la liberación de Israel. Para evitar ser confundido con un líder político, Jesús prefiere que su identidad y lo que realiza en bien de la humanidad permanezca en lo oculto, en el corazón de los sencillos, en la experiencia de aquellos que han constatado y experimentado el paso de Dios en su historia.

P. Eloy de San José

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