
VI DOMINGO DE PASCUA
10 de mayo de 2026
Antes de padecer y después de haber cenado con sus discípulos, Jesús conversa ampliamente con ellos para darles las últimas recomendaciones. Sabe que que el ocaso de su vida está próximo; que los sumos sacerdotes se han aliado con las autoridades del pueblo para conducirlo a la muerte; que se ha vuelto un hombre incómodo para aquellos que tienen la misión de consolar y acompañar al pueblo. Por eso, conversa con sus discípulos para recordarles que, aun en medio de la hostilidad y a pesar de su ausencia física, si permanecen unidos a él y cumplen sus mandamientos, no tendrán motivo para caer en la desesperación.
Sus palabras son claras: «Si me aman cumplirán mis mandamientos» (Jn 14,15). Jesús sabe que sus discípulos sienten afecto por él pues han caminado a su lado durante un tiempo, pero necesita aclarar que este amor no puede quedarse en palabras y buenas intenciones. Por eso insistirá: «Si me aman cumplirán mis mandamientos» (Jn 14,15). Si hacemos un recorrido por la vida de Jesús, podremos descubrir que nunca dio una normativa de conducta ni una lista de mandatos que debían observarse; fue hasta la última cena cuando revela su único mandamiento: «Que se amen los unos a los otros como yo los he amado» (Jn 15,12).
Estas palabras no están dirigidas sólo para aquellos que lo acompañaron en la última cena, también son para nosotros que, en la actualidad, deseamos emprender el camino de seguimiento. Si amamos a Jesús, no basta decir que sentimos simpatía por su obra; este amor nos debe llevar a amar desinteresadamente a todos los que encontramos en nuestro camino. Cabe mencionar que este mandamiento se hace realidad en las obras concretas; el amor por Jesús, expresado en los hermanos, no se reduce a un mero sentimiento sino que se hace realidad en el servicio a los demás. Basta recordar lo sucedido antes de la última cena cuando Jesús, quitándose el manto, tomó una toalla y lavó los pies de discípulos en señal de servicio, haciéndoles una invitación: «Si yo, que soy el Maestro y el Señor, les le he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros» (Jn 13,14); es decir, como Jesús, también debemos colocarnos a los pies de los demás para ayudarles en sus necesidades.
Es verdad que cumplir este mandamiento puede resultar una tarea complicada. Por eso, Jesús, conociendo la debilidad de sus discípulos que podrían llenarse de soberbia sintiéndose superiores a los demás o ceder ante la pereza que les haría cruzarse de brazos ante las necesidades de los demás, les hace una promesa: «Pediré al Padre que les envíe el Consolador, el Espíritu Santo» (Jn 14,16), el cual, no sólo habrá de iluminar la mente en los momentos de confusión ni dar su consuelo en medio de la adversidad, sino que también habrá de capacitar a los discípulos para cumplir el mandamiento del amor fraterno. Por eso, sería conveniente que, en nuestra deseo de amar a Jesús y cumplir su mandamiento, invoquemos la asistencia del Espíritu Santo; especialmente, cuando sintamos que no amamos como Jesús porque pensamos más en nuestros intereses que en el bienestar de nuestros hermanos, invoquemos el Espíritu Santo.
Que este tiempo de Pascua, que nos ha permitido contemplar el misterio de la Resurrección del Señor, nos renueve interiormente, de modo que, sostenidos con la asistencia del Espíritu Santo, estemos siempre dispuestos a cumplir el mandamiento del Señor, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
P. Eloy de San José, C.P.
