
V DOMINGO ORDINARIO
8 de febrero de 2026
Sabiendo que los seres humanos deseamos alcanzar la felicidad en esta vida, en el inicio de su ministerio, Jesús presentó las bienaventuranzas como el camino que nos puede conducir a la ansiada felicidad. Posteriormente, recuerda a sus interlocutores que, después de iniciar el camino de las bienaventuranzas, es necesario desarrollar dos características: la necesidad de ser sal y el compromiso de ser luz para el mundo: «Ustedes son la sal de la tierra… ustedes son la luz del mundo» (Mt, 5, 13-14).
Si la sal se ha usado para evitar la corrupción, Jesús invita a sus discípulos a evitar la corrupción en la historia humana. Hemos de reconocer que, lamentablemente, vivimos en una sociedad que se ha corrompido en su búsqueda de felicidad al tomar el camino del poseer, del placer y del poder. Cuántos hombres y mujeres, seducidos por el afán de poseer, se han atrevido a arrebatar sus bienes a aquellos que, con su trabajo honesto van obteniendo lo necesario para su vida; cuántos hombres y mujeres, obsesionados por el deseo de poder, imponen arbitrariamente su autoridad ante los demás, sin tomar en cuenta las necesidades de los hermanos y hasta pisoteando sus derechos elementales; cuántos hombres y mujeres, aferrados a la búsqueda del placer desmedido, consideran a los demás como simples medios que brindan un estado de satisfacción. Por ello, cuando Jesús invita a sus discípulos a ser sal de la tierra, les está pidiendo que, con su palabra y su acción, destierren todo aquello que causa la corrupción de la sociedad; en este sentido, si somos sal de la tierra, estamos llamados a desterrar la envidia, el odio, el resentimiento, la indiferencia, la avaricia, los pasiones desordenadas y todo lo que va corrompiendo el plan de Dios.
Además de ser sal de la tierra, Jesús también llama a sus discípulos a ser luz para este mundo tantas veces amenazado por la tiniebla y la oscuridad que brotan de la incapacidad de amar del ser humano. Para ello, será conveniente recordar las palabras del profeta Isaías: «Comparte tu pan con el hambriento, abre tu casa al pobre sin techo, viste al desnudo y no des la espalda a tu hermano, entonces brillará tu luz como la aurora» (Is 58, 7-8); en otras palabras, seremos luz del mundo cuando seamos solidarios con los más necesitados, cuando aprendamos a escuchar el llanto de los que sufren, cuando miremos el dolor de todos aquellos que han perdido la esperanza y cuando nos atrevamos a tender una mano para levantar al que se ha quedado en la periferia de la historia.
Esta es nuestra misión, la misión de los discípulos de Jesús: ser sal de la tierra y luz del mundo. Es verdad que, ante este llamado muchos podamos pensar que se trata de una misión imposible. ¿Cómo podríamos ser sal de la tierra cuando nos encontramos en una sociedad que se ha corrompido en sus distintos ámbitos? ¿Cómo podríamos ser luz del mundo cuando vemos que la indiferencia humana está ocasionando la tiniebla de la historia? En efecto, Jesús nos ha dejado una misión sumamente ardua pero nunca imposible. En este sentido, conviene recordar las palabras que el apóstol Pablo escribió a la comunidad de Corinto al recordar el inicio de su ministerio: «Cuando llegué a esta ciudad para anunciarles el Evangelio… me presenté ante ustedes débil y temblando de miedo» (1Cor 2, 1.3); el apóstol reconoce su limitación y sus pocas capacidades para anunciar la Buena Nueva; se da cuenta de sus debilidades y sabe que la misión que se le ha confiado está más allá de sus capacidades; pero aún así, se muestra disponible para dar testimonio de Jesús resucitado confiando el gracia de Dios que lo acompaña y lo capacita para llevar adelante su misión. De esta manera, para ser sal de la tierra y luz del mundo, estamos llamados a confiar en Dios, quien sostendrá nuestros pasos vacilantes, iluminará la mente y nos dará el ánimo necesario para llevar adelante la misión que se ha confiado.
A pesar de nuestras debilidades y limitaciones, seamos sal de la tierra y luz del mundo, dejando que nos impulse y nos acompañe la presencia del Señor que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
P. Eloy de San José, C.P.


