
VI DOMINGO DE PASCUA
3 de mayo de 2026
Todos los seres humanos tenemos la necesidad de enfrentar y superar las crisis que aparecen en lo cotidiano de la vida. Lamentablemente, en ocasiones su peso es tal que de inmediato viene el cansancio y la desilusión, haciendo que la vida se vuelva monótona y sin sentido.
Muchos vivimos así. Basta que miremos nuestro rostro para darnos cuenta que se ha perdido el brillo en la mirada o se han endurecido las expresiones; todo es cansancio y desolación. Podemos enumerar las causas de esta realidad: la falta de oportunidades para desarrollarnos, la creciente violencia que impera en el mundo, los problemas en la familia, la competencia desleal en el trabajo, las enfermedades, la corrupción o las heridas del pasado... Son tantas las situaciones que pueden explicar la incomodidad y el malestar de nuestra vida.
En medio de todo, los discípulos de Jesús estamos celebrando la Pascua. Durante estos días, hemos escuchado, una y otra vez, que la Resurrección nos abre el camino hacia una vida plena. ¿Cómo entender estas palabras? ¿Cómo creer en esta posibilidad cuando el cansancio y la desolación son las constantes de la existencia? La respuesta es simple: confiando en Jesús y caminando con la comunidad.
Antes de su Pasión, mientras estaban en la cena, Jesús habló con sus discípulos. Aquella era una noche especial, distinta a las demás. Jesús, que con frecuencia se sentaba a la mesa con sus discípulos, iniciaba la cena lavando los pies de los comensales, insistiendo en la necesidad de servir a los hermanos; después tomó un pan y una copa de vino que repartió diciendo que eran su cuerpo y su sangre, invitándoles a mantener viva su memoria. Judas Iscariote había salido de la cena ante el anuncio de una traición y Jesús pronunciaba palabras de despedida. Además de esto, el ambiente silencioso de Jerusalén anticipaba lo que iba a suceder pues los sumos sacerdotes habían determinado el arresto y la muerte de Jesús. Todo esto debió sentirse en el ánimo de los discípulos, llenándolos de una temerosa inquietud. Y Jesús, consciente de esto, les dice: «No pierdan la paz» (Jn 14,1). Ante la hostilidad y la traición, ante las dudas y el miedo, Jesús les invita a confiar en él y en el Padre celestial: «No pierdan la paz» (Jn 14,1). Estas mismas palabras deberían resonar en el corazón y en la mente de quienes vivimos cansados de tantos problemas o desilusionados por no hacer realidad lo que tanto deseamos. En medio de las crisis cotidianas, Jesús resucitado sale a nuestro encuentro, valiéndose de numerosas mediaciones, sólo para decirnos: «No pierdas la paz» (cfr. Jn 14,1). Cuando aparezcan el cansancio y la desolación, volvamos la mirada a Jesús, el vencedor de todo aquello que orpime a los seres humanos, y escuchemos sus palabras: «No pierdas la paz» (cfr. Jn 14,1).
La presencia de Jesús resucitado nos abrirá al dinamismo comunitario. Para superar y hacer frente al sufrimiento, los discípulos de Jesús se reconocen miembros de una comunidad, con la cual, deben caminar para reconocer la presencia del que ha resucitado. Tomás reconoció a Jesús cuando estaba dentro de la comunidad (cfr. Jn 20,28); los discípulos de Emaús, después de reconocer a Jesús, vuelven a Jerusalén para estar con la comunidad (cfr. Lc 24,33). Y desde entonces, la comunidad cristiana se convertirá, no sólo en un espacio para celebrar la fe en Jesús resucitado sino para caminar de manera solidaria. Así lo demuestran los Heschos de los apóstoles cuando se describe a la primitiva comunidad cristiana: «Estaban todos unidos y poseían todo en común. Vendían sus bienes y posesiones y las repartían según la necesidad de cada uno» (Hch 2, 44-45). «Tenían un solo corazón y una sola alma y nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo lo tenían en común» (Hch 4,32). Los discípulos, sabiéndose parte de una comunidad, emprendieron un camino en común, cuidándose mutuamente y sintiéndose responsables del bienestar de los demás. Por eso, en un momento determinado, cuando la comunidad notó un crecimiento numérico por los que iban abrazando la fe, los apóstoles, inspirados por el Espíritu Santo, instituyeron el ministerio de los diáconos para no descuidar el servicio de caridad que se brindaba a los huérfanos, a las viudas y a los desamparados (cfr. Hch. 6, 1-7). Unidos en un solo corazón, los primeros cristianos sintieron la necesidad de comprometerse con los demás, compartiendo la vida y ayudando a quien tuviera necesidad. Este compromiso debe ser característico de los discípulos de Jesús que, fieles a las recomendaciones del Maestro, debemos ayudarnos mutuamente; no sólo para saciar el hambre de quien carece de pan sino también para acompañar al que ha perdido el sentido a causa de las crisis de su historia.
Que en este tiempo de Pascua, podamos descubrir la presencia de Jesús resucitado que, en medio de las crisis de la historia, nos invita a no perder la paz y a confiar en los hermanos que han creído en él, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
P. Eloy de San José, C.P.
