
V DOMINGO DE CUARESMA
22 de marzo de 2026
Desde el inicio de la cuaresma, hemos dicho que este tiempo se presenta ante nosotros, como un camino que cada uno debe recorrer para acercarse a Jesús que sube a Jerusalén para dar la vida por nosotros. Este camino nos la oportunidad de hacer una revisión de nuestra vida, para reconocer los obstáculos que nos impiden emprender el camino como auténticos discípulos del Señor. Por eso, acompañados por la Palabra de Dios, nos hemos detenido en determinados sitios para hacer esta revisión, renovar el ánimo y continuar el camino con Jesús, nuestro Maestro. Así, iniciamos la cuaresma introduciéndonos en el desierto donde Jesús fue tentado por el espíritu del mal; decíamos entonces que todos necesitamos estar en el desierto para tomar conciencia de nuestra debilidades pues, cuando más vulnerables nos encontramos, el espíritu del mal se presenta para seducirnos y hacernos caer en la tentación. Posteriormente, subimos al monte Tabor para contemplar a Jesús, revestido de su divinidad; necesitamos de su claridad pues muchas veces el desánimo y el desaliento causado por nuestras crisis cotidianas nublan el rumbo de nuestra vida. Durante la tercera semana, nos detuvimos junto al pozo de Jacob para conversar con Jesús como hiciera la samaritana; decíamos entonces que muchos de nosotros necesitamos escuchar la palabra del Maestro y sentir su divina presencia pues vamos caminando llenos de frustraciones e insatisfechos porque no hemos sabido hacer realidad nuestros anhelos ni hemos alcanzado la felicidad deseada; conversar con Jesús y experimentar su presencia llenará de caridad el corazón y nos permitirá encontrar la auténtica felicidad. Finalmente, visitamos la piscina de Siloé, donde se llevó a cabo la curación del ciego de nacimiento; así como este hombre, también nosotros necesitamos que el Señor destierre la ceguera que nos impide ver la esencia del ser humano pues, en muchas ocasiones, pensamos que la vida se define por nuestras faltas, errores y limitaciones, y más bien, lo que nos define y a veces no consideramos, es el soplo del Espíritu que Dios puso en el interior del ser humano desde el momento de su creación.
Después de introducirnos en el desierto y habiendo subido subido al monte de la transfiguración; tras deternernos en el pozo de Jacob y haber visitado la piscina de Siloé, en esta quinta semana de cuaresma se nos invita a colocarnos frente al sepulcro de Lázaro. Aun cuando el relato de la resurrección de este hombre, amigo de Jesús (cfr. Jn 11, 1-45), tiene numerosos elementos a considerar, quisiera que nos centráramos para nuestra oración de esta semana, en la conversación de las hermanas con Jesús, la cual, nos permitirá revisar cómo está nuestra relación con Dios.
Primeramente, hemos de considerar que Marta, María y Lázaro eran amigos entrañables de Jesús; no sólo habían creído en Él, sino que además, le profesaban una profunda amistad. De acuerdo con la narración de san Lucas, Jesús se había hospedado en su casa; en aquella ocasión, Marta le servía afablemente mientras que María permanecía escuchando sus palabras (cfr. Lc 10, 38-41). Jesús tiene una amistad entrañable con esta familia; así lo señala san Juan al narrar el momento en que Jesús recibe la noticia de la enfermedad de Lázaro: «Señor, el amigo al que tanto quieres está enfermo» (Jn 11,3), y después, cuando llora ante la tumba, los judíos exclaman: «De veras cuánto lo amaba» (Jn 11,36).
Cuando Jesús entró en Betania tras la muerte de Lázaro hablará con las dos hermanas; primero con Marta que lo recibe en las afueras del poblado y después con María. A pesar de la amistad que existía entre ellos, parece que ambas hermanas lanzan un reclamo: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano» (Jn 11,21.32). Muchos de nosotros, como estas mujeres, vivimos reclamando al Señor por las cosas que nos han sucedido. Es verdad que tenemos una relación de amistad con el Señor, creemos y confiamos en Él, lo buscamos en medio de nuestras necesidades y elevamos nuestras súplicas al cielo para obtener su asistencia en nuestra vida. Pero, lamentablemente, cuando las cosas no se resuelven como nosotros esperábamos o cuando no obtenemos una respuesta en el momento que deseamos, muchos nos presentamos ante Dios con un reclamos similares: cuando la enfermedad se presenta en nuestra vida o en la de nuestros seres queridos, cuando vivimos una crisis en el ámbito familiar o laboral, cuando somos víctimas de la violencia o la delincuencia o cuando atravesamos por una situación que amenaza nuestra vida y nuestra estabilidad, solemos decir: «Señor, si hubiertas estado aquí». Reclamamos al Señor y hasta rechazamos a su divina voluntad. Pero este no es el verdadero problema; la cuestión es que muchos, al sentir que el Señor se ha desentendido de su vida, toman distancia, separándose de la comunión con Dios. ¡Cuántos hombres y mujeres dicen que no oran ni buscan a Dios porque cuando más necesitaban de Él, simplemente se quedó en silencio!
Por eso, en esta última semana de cuaresma, es conveniente que consideremos como está nuestra relación con Dios. Es verdad que hemos atravesado situaciones complicadas como la que vivieron las hermanas de Betania; pero ni siquiera en la tempestad, Dios se separa de la humanidad. Por eso, en esta semana, considerando el sepulcro de Lázaro que representa las calamidades de nuestra vida, revisemos como Dios ha estado presente, aun no seamos capaces de reconocer su presencia en nuestra vida. Así lo hicieron las dos hermanas; a pesar de estar atribuladas por la muerte de su hermano, ellas tienen la certeza de que Jesús transformará su dolor en felicidad. De ahí que Marta pudo exclamar: «Creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que había de venir al mundo» (Jn 11,27). Como ella, miremos nuestra historia y consideremos nuestros dolores y sufrimientos, reconociendo como Dios, aun en la tempestad, se ha hecho presente para darnos su consuelo e impulsarnos a continuar el camino con esperanza, tal como lo había señalado el profeta Ezequiel al decir que Dios tiene la capacidad de abrir los sepulcros de su pueblo para que todos puedan vivir en plenitud (cfr. Ez 37, 12-14).
Que en este camino cuaresmal podamos hacer una profunda revisión de nuestra vida que nos permita reconocer como, aun en medio de nuestros dolores y tribulaciones, nos ha mostrado su amor y misericordia el Señor, que vive y reina por los siglos de los siglos.
P. Eloy de San José, C.P.
