
SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS
1 de enero de 2026
Al comenzar el nuevo año, que la misericordia de Dios no se ofrece, sería conveniente que cada uno de nosotros hiciera una revisión del camino recorrido durante el año que ha terminado; una revisión que nos permita descubrir cuáles son los frutos que traemos al Señor al término de este año.
Posiblemente muchos podrán descubrir en sus manos traen frutos de bondad, fraternidad, justicia, amabilidad y cordialidad; otros, descubriremos que en las manos traemos frutos amargos porque hemos ocasionado el sufrimiento de nuestros hermanos o hemos provocado que derramen lágrimas por nuestra causa al no entenderlos o ser indiferentes ante el dolor de quienes han estado con nosotros. Otros más nos daremos cuenta de que nuestras manos están vacías porque no aprovechamos las numerosas oportunidades para hacer el bien a las personas que nos rodean.
Cuáles son los frutos que este día le ofreceré al Señor. Él nos brindó su misericordia durante todo el año que ha terminado, nos dio el ánimo que tanto necesitamos para continuar el camino y la esperanza que brota de su presencia en medio de nosotros. ¿Qué es lo que traemos en las manos para ofrecer a nuestro Dios?
Si acaso descubrimos que nuestros frutos son amargos o que nuestras manos están vacías, será conveniente que pidamos al Señor su misericordia y compasión. Para ello, nos pueden ayudar las palabras del salmista: «Ten piedad de nosotros, Señor, y bendícenos». Quizá en este primer día del año tenemos que decirle al Señor: «Ten piedad de mí porque no supe aprovechar el año que me concediste»; «ten piedad de mí porque estuve de mal humor al tratar a las personas que me rodean»; «ten piedad de mí porque me mostré indiferente ante el dolor de aquellos que encontré en mi camino»; «ten piedad de mí porque aún sabiendo el dolor de mis hermanos no tuve la capacidad de detenerme para tender una mano a quien me necesitaba»; «ten piedad de mí porque fue un padre o madre que no supe entender a mis hijos»; «ten piedad de mí porque como hijo no supe atender las necesidades de mis padres, dejándolos en el abandono en medio de sus enfermedades»; «ten piedad de mí porque me distancié de mis hermanos al no encontrar un acuerdo en los problemas que iban apareciendo»; «ten piedad de mí porque fui un ciudadano que cayó en la corrupción, en la deshonestidad y en la falta de transparencia».
No obstante las caídas y errores cometidos durante el año que termina, el Señor continúa confiando en nosotros, dándonos una nueva oportunidad para enderezar el rumbo. Por ello, el mismo salmo con que hemos respondido a la Palabra de Dios nos invita a pedir la bendición de Dios. En este día, hemos de pedir al Señor que derrame incesantemente su bendición sobre nosotros, como lo ha hecho hasta ahora, pidiendo también que nos permita transmitir esta bendición a todos nuestros hermanos. No la conservemos sólo para nosotros; no pensemos que somos afortunados por recibir su bendición; con esta bendición, vayamos a hacer el bien a todas las personas que, durante este año, encontraremos en el camino. Así como hicieron los pastores que, después de contemplar el misterio del nacimiento del Hijo de Dios, corren presurosos para contar a todos lo que habían visto y oído (cfr. Lc 2,20), de modo que, al escucharlo puedan experimentar la salvación y la dicha de saber que Dios ha puesto su morada entre nosotros.
En este día, el primero del nuevo año, pidamos perdón a Dios por nuestras faltas y limitaciones, pero sobretodo, pidamos su bendición para que, bendecidos por el Señor, seamos una bendición para nuestros hermanos y hermanas.
Habrá que señalar que no sabemos lo que nos deparará el año que está por iniciar. No sabemos cuáles seres las crisis que encontraremos en el camino o los obstáculos que irán apareciendo. Pero en todo ello, recordemos que no estaremos solos: Dios está con nosotros en la persona de su Hijo que ha tomado nuestra condición y nos ha dejado como protectora a María santísima. Precisamente, al iniciar el año, la Iglesia nos invita a contemplar a la Madre de Dios, no sólo para recordar que en ella se encarnó el Mesías esperado, sino también para sentir su cuidado maternal. En las crisis que enfrentemos durante este año, cuando nuestra tristeza sea tal que nos impida continuar, corramos a María, miremos la ternura de su rostro maternal y dejemos que ella nos consuele y nos ayude a descubrir lo que tanto necesitamos para retomar el camino.
En este primer día del año, pidamos perdón a Dios por nuestras limitaciones y supliquemos su bendición, sabiendo que él estará con nosotros y nos acompañará en todo momento la intercesión de la Madre de Cristo, el Señor, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
P. Eloy de San José, C.P.


