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MIÉRCOLES DE CENIZA

18 de febrero de 2026

Con la imposición de la ceniza sobre nuestra cabeza, iniciamos el camino cuaresmal que nos conducirá hacia la celebración festiva de la Pascua. Es importante recordar que en este tiempo somos invitados a emprender la renovación de nuestra vida; como señala el profeta Joel cuando dice: «Enluten su corazón y no sus vestidos» (2,13), la cuaresma es una oportunidad para la revisión y la renovación interior; no basta repetir las prácticas exteriores de penitencia, es indispensable que busquemos un cambio que renueve la vida y la relación con las personas que nos rodean. 

 

En este sentido, sería conveniente que recordáramos las palabras que el apóstol Pablo escribe a la comunidad de Corinto: «En nombre de Jesucristo, les pedimos que se dejen reconciliar» (2Cor 5,20). En esta cuaresma, cada uno de nosotros, revisando su vida, podría emprender un camino de reconciliación consigo mismo, con sus hermanos y con Dios. 

 

Necesitamos reconciliarnos con nosotros mismos pues muchos vivimos enemistados con nuestra historia personal, arrepentidos de nuestros errores o lamentando las decisiones que hemos tomado y no han tenido el resultado esperado; de ahí la frustración, el desánimo y la apatía ante las nuevas oportunidades. Ante esta realidad, la cuaresma sería una buena oportunidad para revisar la historia personal y buscar la manera de reconciliarnos con nostros mismos. Quizá en este proceso, nos ayudaría el ayuno que recomiendo Jesús, no para decir a los demás que estamos en un proceso de penitencia, sino para que, a través de las privaciones voluntarias podamos dominar las pasiones desordenadas e impulsar la armonía interior (cfr. Mt 6,16-18). 

 

La cuaresma es también una oportunidad para reconciliarnos con las personas que nos rodean. Muchos de nosotros vivimos peleando con todos los que encontramos: con la familia, con los amigos, con los vecinos o los compañeros de trabajo; a veces podemos justificiar las diferencias y discusiones, pero en realidad, todo esto nos quita la capacidad de establecer relaciones sanas y duraderas con las personas que nos rodean. Ante esta realidad, la cuaresma es una buena oportunidad para revisar cómo están las relaciones con nuestros hermanos y reconciliarnos con ellos, para vivir en paz y armonía. En este proceso, nos ayudará la práctica de la limosna, recomendada por Jesús, no como asistencialismo hacia los necesitados sino como la capacidad de extender la mano a los que sufren, entre los cuales, se encuentran aquellos a los que hemos lastimado con nuestras palabras y acciones (cfr. Mt 6, 2-4)

 

La cuaresma será también el momento para reconciliarnos con Dios. Muchos vivimos enemistados con Dios, reclamándole por las adversidades que hemos encontrado en el camino y haciéndolo responsable de las consecuencias de los actos de los demás o de nuestros mismos errores. De ahí que muchos han tomado la decisión de seperarse de Dios, viviendo como si él no tuviera nada que decir en la historia concreta o buscándolo sólo cuando se tiene una necesidad. Ante esta situación, la cuaresma, con su mística y espiritualidad, nos dará la pauta para emprender un camino de reconciliación que nos permita volver a la comunión con Dios, que nos espera ansiosamente como el padre a su hijo perdido. En este proceso, nos ayudará la oración recomendada por Jesús, no como simple repetición de fórmulas o frases que hemos aprendido desde la infancia, sino como un coloquio que nos lleve a estar en la presencia de Dios que siempre nos escucha (cfr. Mt 6, 5-6). 

 

Y como recomienda el Santo Padre León XVI en su reciente mensaje de cuaresma, la «escucha» será un elemento importante en el proceso de reconciliación. Es necesario escuchar los ruidos interiores, los del corazón, para saber qué hacer con la vida y la historia personal; es necesario escuchar los clamores de los hermanos para saber cuáles son las acciones que se deben emprender para estar en verdadera armonía con ellos; también es necesario escuchar a Dios para conocer su voluntad y lo que espera de nosotros, los seres humanos, a quienes ha constituido como sus hijos queridos.

Que en este tiempo de penitencia, no nos quedemos en la repetición de las prácticas exteriores, sino que podamos escuchar y hacer una revisión profunda de nuestra vida, de modo que, interpelados por el deseo de vivir en armonía y ser cada día mejores seres humanos, seamos capaces de emprender un proceso de reconciliación con nosotros mismos, con nuestros hermanos y hermanas, y con Dios nuestro Señor, que muriendo en la cruz nos abrió las puertas de la eternidad, y vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

 

P. Eloy de San José, C.P.

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