
I DOMINGO DE CUARESMA
22 de febrero de 2026
Con la imposición de la ceniza sobre nuestra cabeza, hemos comenzado el camino cuaresmal que nos conducirá a la celebración festiva de la Pascua. Este tiempo, con todos sus elementos característicos, tendrá como finalidad ayudarnos a hacer una revisión profunda de nuestra vida, de manera que, con el espíritu renovado, podamos emprender el camino como auténticos discípulos de Jesús.
Iniciemos el camino cuaresmal introduciéndonos con Jesús en el desierto. De acuerdo con la narración de san Mateo, «Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio» (4,1). Después de cuarenta días y cuarenta noches, Jesús sintió hambre y el espíritu del mal aprovechó esta oportunidad para presentarse ante Jesús, ofreciéndole tres caminos: el placer para satisfacer sus necesidades fisiológicas: «Si eres el Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes» (Mt 4,3), el poder para mostrar su autoridad sobre la creación y la humanidad: «Si eres el Hijo de Dios, échate para abajo (desde la torre más alta del templo)» (Mt 4,5) y el tener para adquirir los bienes y las riquezas de los reinos de la tierra: «Te daré todo esto si te postras y me adoras» (Mt 4,9). No obstante, a pesar de la insistencia del espíritu del mal, Jesús no cede ante el tentador debido a su profunda comunión con el Padre celestial y a la asistencia del Espíritu Santo que lo había conducido hacia el desierto (cfr. Mt 4,1); por eso, responde al tentador con las mismas palabras que el Padre había pronunciado en el pasado: «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Dt 8,3); «No tentarás al Señor tu Dios» (Dt 6,16); y «Adorarás al Señor, tu Dios, y a él sólo servirás» (Dt 6,13).
Como Jesús en el desierto, los seres humanos también estamos expuestos a la tentación, que suele presentarse cuando más débiles nos encontramos. Por eso, en esta primera semana de cuaresma, sería conveniente que, como Jesús, entráramos en el desierto para pensar cuáles son las debilidades que tenemos en nuestra vida pues, como hemos dicho, cuando más débiles nos encontramos, más expuestos estamos de caer en la tentación.
Hemos de reconocer que la tentación nos desvía de la misión y el dinamismo del Reino. Cuando el tentador se presenta ante Jesús, lo hace para desviarlo del cumplimiento de su misión. Sabemos que Jesús, en su misión mesiánica, estaba llamado a vivir sólo para sus hermanos; el tentador buscaba hacerlo pensar sólo en su beneficio personal: convertir las piedras en pan, no para alimentar a sus hermanos hambrientos, sino para satisfacer el hambre que sentía, arrojarse desde lo más alto del templo para demostrar su poderío, no para servir a sus hermanos, y tener las riquezas de los reinos de la tierra para satisfacer la codicia humana, no para usarlas en bien de los más necesitados. Así actúa el tentador buscando que pensemos sólo en nuestro bienestar y en la satisfacción de los intereses personales, nunca en la vida o en el sano desarrollo de quienes nos rodean. Por eso, hemos de estar atentos a nuestra debilidad para que el espíritu del mal no nos lleve por caminos contrarios a la voluntad divina. Es importante recordar que la tentación se presenta siempre de una manera apetecible, atractiva a los sentidos; así sucede en el caso de los primeros seres humanos que, seducidos por el espíritu del mal, se sienten atraídos por el fruto del árbol del conocimiento del bien y el mal hasta consumirlo.
Si la tentación se presenta ante todos los seres humanos cuando más débiles estamos, ¿cómo resistir ante las seducciones del espíritu del mal que busca apartarnos de la voluntad divina? Dedicándonos a la oración. Si somos débiles y vulnerables, necesitamos estar en oración escuchando atentamente la palabra de Dios para que, conociéndola, podamos responder con la asistencia del Espíritu Santo, no usando nuestras palabras sino la misma palabra de Dios que nos llevará a descubrir lo que verdaderamente nos conviene.
En esta primera semana de cuaresma, entremos en el desierto y meditemos cuáles son las debilidades que tenemos en nuestra vida. Y con la asistencia del Espíritu de Dios resistamos la tentación, de modo que, como Jesús, podamos responder con fidelidad a la voluntad de Dios, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
P. Eloy de San José, C.P.
