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LA SAGRADA FAMILIA

28 de diciembre de 2025

Mientras celebramos la fiesta del nacimiento del hijo de Dios, somos invitados a contemplar el hogar de Nazaret, no de manera estática, sino mirando la realidad de nuestra propia familia.

 

Primero que nada, será conveniente señalar que todas las familias atraviesan numerosas dificultades a lo largo de su historia; de hecho, me atrevería a decir que si cada uno de nosotros hiciera un recuento de su historia familiar, seguramente nos daríamos cuenta de las innumerables crisis y dificultades que hemos tenido que enfrentar. La familia de Nazaret también enfrentó dificultades; una de ellas, es la que nos ha narrado San Mateo, cuando Herodes tomó la determinación de asesinar a todos los niños menores de dos años temiendo perder su trono (cfr. Mt 2,13). Evidentemente, esta situación provocó una crisis en la dinámica familiar, pues como señala el Evangelio, José y María tuvieron que abandonar Israel, encaminándose a una tierra desconocida, donde tendrían que iniciar una vida para cuidar al hijo de Dios. Todas las familias, incluida la de Nazaret, atraviesan numerosas turbulencias; no obstante, la diferencia entre nuestras familias y la de Nazaret es que nosotros, cuando enfrentamos un problema fácilmente vivimos una ruptura, pues nos distanciamos, nos peleamos con nuestros seres queridos o nos dejamos de hablar viéndonos como auténticos desconocidos. La familia de Nazaret, a pesar de las crisis y tribulaciones, siempre conservó la unidad y la armonía; por eso, al contemplar a Jesús, María y José, sería conveniente que nos cuestionáramos como ellos conservaron la unidad y vivieron en armonía en medio de las tormentas que fueron enfrentando.

 

Me parece que esto fue posible por la vivencia de cuatro elementos, mismos que, si nosotros los desarrollamos en nuestra vida familiar, también caminaremos en armonía a pesar de las crisis y tribulaciones. Estos son: el amor, la comprensión, la solidaridad y la experiencia de fe.

 

El amor. Toda familia comienza con un acto de amor; no son fruto de la casualidad ni tampoco un accidente. Las familias inician con un acto de amor entre un hombre y una mujer que toman la determinación de caminar en la misma dirección. Comienzan una vida juntos porque se aman profundamente; ese amor lo irán manifestando a través de sus palabras, detalles, cuidados y actitudes cordiales. Y cuando vienen los hijos, también deben ser partícipes del mismo amor pues sólo el amor los llevará a superar cualquier tribulación. El amor vencerá el egoísmo, desterrará la autorreferencialidad y la soberbia, y favorecerá el servicio auténtico hacia los demás. En este sentido, todas las familias deben desarrollar la capacidad de decirse continuamente lo mucho que se aman.

 

La comprensión. Este es un elemento fundamental que, lamentablemente, en nuestra sociedad parece que va desapareciendo. No sabemos comprender a los demás pues sólo nos comprendemos a nosotros mismos. Es indispensable que en la familia aprendamos a comprender la realidad que está viviendo cada uno de sus miembros: que comprendamos a nuestros padres que, ancianos y enfermos, se sienten decaídos por no valerse a sí mismos; que comprendamos a los hijos en sus actitudes rebeldes, a veces por no encontrar el sentido de su vida; que, como hermanos mostremos comprensión entendiendo la situación que cada uno está viviendo. Para desarrollar la comprensión es necesario aprender a escuchar, atendiendo lo que el otro está diciendo, a veces en silencio, y mirando lo que sucede en la vida del otro.

 

La solidaridad. Cuando pensamos en este valor, muchas veces creemos que se trata de la capacidad de ayudar a los enfermos, a los pobres y a los migrantes que están fuera de nuestra casa y, aunque esto es positivo, es necesario vivir la solidaridad en el ambiente familiar. Esto implica tener compasión del sufrimiento y del dolor de los demás. Es importante que seamos solidarios con nuestros padres ancianos y enfermos que muchas veces viven en el abandono; que seamos solidarios con los hijos que, en medio de sus crisis, no saben qué decisiones tomar; que seamos solidarios con nuestros hermanos, aunque muchas veces sucede que, por resentimientos de antaño, somos incapaces de tender una mano al hermano que está viviendo una situación particular.

 

La experiencia de fe. Hemos de recordar que la fe se vive primeramente en la familia; no en la catequesis sacramental o en las comunidades eclesiales, sino en el interior de la familia. En este sentido, los padres de familia tienen una responsabilidad importante: a ellos les corresponde enseñar a los hijos a amar a Dios y acercarlos a su familia que es la Iglesia. En este sentido, padres de familia, atrévanse a rezar con sus hijos todos los días, lean con ellos la Biblia, acérquense con ellos a participar en la mesa eucarística y busquen la confesión sacramental. Que los hijos aprendan a amar a Dios porque sus padres aman a Dios; que confíen en Dios porque sus padres confían en Dios; que participen en la Eucaristía porque sus padres se alimentan continuamente del cuerpo del Señor.

 

Estos cuatro elementos permitirán que nuestras familias caminen en armonía y unidad como la familia de Nazaret. En ella, reinaba el amor; por eso José, sabiendo que la vida de su hijo estaba amenazada, tomó la determinación de dejarlo todo y aventurarse a un nuevo país (cfr. Mt 2,14). Había comprensión; por eso, cuando Jesús se perdió en Jerusalén, al ser encontrado por sus padres y decirles que debía dedicarse a las cosas de su Padre, María no reclama ni cuestiona sino que conserva todo en su corazón, comprendiendo la misión de su hijo (cfr. Lc 2, 46-51). Se vivía la solidaridad pues, como dice san Lucas, Jesús vivió sujeto a la autoridad de sus padres, obedeciéndoles y ayudándoles en todo (cfr. Lc 2,51). Y todavía más, en el momento de su muerte, Jesús tiene una expresión de solidaridad con su Madre para no dejarla en el desamparo, encomendándola al cuidado del discípulo amado (cfr. Jn 19, 26-27). La experiencia de fe. Fue en la familia de Nazaret donde Jesús aprendió a hablar con el Padre celestial. Con la orientación de sus padres, se supo miembro del Pueblo de Dios y de ellos debió aprender las primeras oraciones. Por eso, al cumplir los doce años fue a Jerusalén para cumplir con la peregrinación con ocasión de la Pascua (cfr. Lc 2, 41-42).

Que la intercesión de Jesús, María y José nos asista para que también nuestra familia sea un espacio donde se viva el amor, la comprensión, la solidaridad y esté cimentada en una sólida experiencia de Dios, que nos permita desarrollarnos plenamente como Jesús, el Señor, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

P. Eloy de San José, C.P.

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