
JUEVES SANTO DE LA CENA DEL SEÑOR
2 de abril de 2026
«Sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre y habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1). Con estas palabras, el autor del cuarto evangelio nos recuerda que la vivencia del amor es la condición necesaria para entender la vida de Jesús, desde su encarnación hasta su ascensión a los cielos. Por amor, tomó la determinación de renunciar a su condición divina pasando por uno de tantos; por amor, multiplicó los panes para alimentar a la muchedumbre hambrienta; por amor, sanó a los enfermos; por amor, atendió las necesidades de todos los que se acercaban a él; por amor, perdonó los pecados e invitó a la conversión por el Reino de Dios.
Antes de narrar lo sucedido en la última cena, san Juan hace esta precisión: «Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo». Y nosotros sabemos que en esta cena, Jesús se quedó como alimento, confió su misión a los apóstoles y les dio el mandamiento del amor, que se expresa, no con palabras y buenas intenciones, sino mediante el servicio a los hermanos. De hecho, el amor que se hace servicio, será la característica fundamental de los que se reconocen a sí mismos como discípulos de Cristo. Y es que, antes de que iniciara la cena, Jesús se levantó de la mesa, se quitó el manto, tomó una toalla y se puso a lavar los pies de sus discípulos (cfr. Jn 13, 4-5). Esta acción, frecuente en la tradición de los hebreos, estaba reservada a los esclavos y sirvientes que, ante el arribo de un visitante, tenían la tarea de lavarle los pies con la finalidad de que pudieran descansar del cansancio del viaje. En la última cena, Jesús, siendo el anfitrión, renuncia a su condición y se coloca a los pies de sus discípulos para recordarles que no ha venido a ser servido sino a servir (cfr. Mt 20,28), confirmando una sentencia pronunciada con anterioridad: «el que quiera ser el primero, que sea el último y el servidor de todos» (cfr. Mc 9,35). Esta acción debe ser recordada, no sólo como el reconocimiento de la humildad de Jesús que, siendo el Mesías lavó los pies de sus apóstoles, sino como un recordatorio del servicio que los discípulos hemos de realizar hasta la consumación de la historia: «Si yo, que soy el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros» (Jn 13,14).
En esta noche santa, al celebrar la cena del Señor, debemos recordar esta acción y reproducirla cada día de nuestra vida. Como Jesús, debemos lavarnos los pies, los unos a los otros, especialmente, a los más necesitados. Por amor, debemos aliviar el cansancio de tantos hombres y mujeres que desfallecen a causa de las crisis que, cotidianamente, deben enfrentar. Por amor, debemos lavar los pies a los padres enfermos, a los hijos rebeldes que no saben qué hacer con su vida, a los esposos que han caído en la monotonía, a los hermanos distanciados a causa de una herencia, a los pobres que carecen de lo necesario para vivir, a las mujeres que sufren violencia dentro su familia, a los niños abandonados por sus padres, a los jóvenes que han caído en adicciones, a los ancianos olvidados, a los enfermos que viven postrados por sus padecimientos, a los migrantes que buscan mejores oportunidades de vida, a aquellos que han perdido la ilusión y no pueden asumir su vida con responsabilidad.
En esta noche santa, recordaremos como Jesús, reunido con sus discípulos, celebró la Pascua, es decir, la acción de Dios que libera a su pueblo de la esclavid. Y durante la cena ocurrieron tres sucesos de suma transcendencia: Jesús se quedó como alimento para fortalecer al ser humano en los caminos cotidianos; confió a sus discípulos la misión de continuar con su obra haciéndolos partícipes de su sacerdocio; y les invitó a amarse unos a otros mediante el servicio desintersado.
Que en esta noche podamos renovar nuestro amor por Jesús, nuestro Maestro, de modo que, al contemplarlo en el pan eucarístico, nos sintamos interpelados a vivir como él: amando y sirviendo a nuestros hermanos, especialmente a los más necesitados, en cuyo rostro está escrito el nombre santísimo de Jesús, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
P. Eloy de San José, C.P.
