
IV DOMINGO DE PASCUA
26 de abril de 2026
Antes de presentarse a sí mismo como el Buen Pastor que da la vida por las ovejas, Jesús indica cuál es el sitio que le corresponde en medio de su rebaño: camina delante de sus ovejas y ellas lo siguen porque conocen su voz (cfr. Jn 10,4).
Todos nosotros, discípulos de Jesús y ovejas de su rebaño, necesitamos mirarlo para saber por dónde camina y cuál es la huella que va dejando a su paso, es decir, la forma en que va marcando la historia, para así aprender de su misma vida.
Esta fue, precisamente, la finalidad de la predicación apostólica. Después de la efusión del Espíritu Santo, los discípulos predicaron apasionadamente que Jesús había resucitado; querían que sus interlocutores conocieran la obra que Dios había realizado en Jesús y lo tuvieran como referente de su vida. Por eso, a pesar de la persecución que se desató en su contra, primero en Jerusalén y después en todo el imperio, insistieron en su predicación, deseando que después de conocer la obra de Dios, emprendieran una nueva manera de vivir centrada en las enseñanzas de Jesús, a quien Dios había constituido como Señor y Mesías (cfr. Hch 2,36).
Nosotros, que hemos conocido a Jesús y deseamos caminar con él, estamos llamados a reproducir sus actitudes en nuestra vida. Aprendamos tres de ellas: humildad, servicio y solidaridad.
Jesús, el Buen Pastor, vivió la humildad. Fue humilde en la encarnación, al renunciar a su condición divina y tomar la condición de esclavo, pasando por uno de tantos (cfr. Flp 2, 6-7); fue humilde en su vida, al no buscar el reconocimiento de los hombres que lo aclamaban como un ser extraordinario por los milagros que hacía; fue humilde en su Pasión al no responder a los insultos ni proferir amenazas contra sus oponentes (cfr. 2Pe 2, 20-23). Y aún después de su resurrección continúa actuando desde la humildad pues no impone violentamente su voluntad sino que se acerca a nosotros y con paciencia nos invita a colaborar en su misión. Es el hombre humilde que llama a la puerta esperando que nos levantemos, le abramos y le permitamos la entrada (cfr. Ap 3,20). ¡Qué bueno sería que viviéramos la humildad del Buen Pastor pues muchos caemos en la tentación de sentirnos superiores a los demás, pensando que nuestra opinión es la única que merece ser escuchada y nuestra palabra es la única poseedora de verdad!
Jesús, el Buen Pastor, fue un hombre servicial. Podemos entender su vida solo desde el servicio: vivió para servir a todos sus hermanos, especialmente a los más necesitados. Durante su vida se acercó a los demás, no para descubrir la causa del sufrimiento ni pronunciar una palabra vacía de sentido; se acercó para servir y tender una mano a quien estaba necesitado. Vivió sirviendo hasta el desenlace de su vida: en la noche del Jueves Santo, antes de comer la cena de Pascua, se inclinó delante de sus apóstoles para lavarles los pies en señal de servicio (cfr. Jn 13,5). ¡Qué bueno sería que escucháramos las palabras del Buen Pastor que nos invita a lavarnos los pies los unos a los otros y así, más allá de pensar en la solución de nuestros problemas, nos hiciéramos responsables del bienestar de los demás!
Jesús, el Buen Pastor, fue un hombre solidario. Conociendo las penas de sus hermanos no permaneció en la indiferencia sino que buscó la forma de acercarse para tomar sobre sí los dolores de los demás y en la medida de lo posible, aliviar su sufrimiento. Por eso, habiéndose compadecido, multiplicó los panes para saciar el hambre de la muchedumbre hambrienta, devolvió la salud a los enfermos, perdonó las faltas de los pecadores, limpió el llanto de los que habían perdido la esperanza. ¡Qué bueno sería que imitáramos las acciones del Buen Pastor e impulsados por la compasión, atendiéramos las heridas de nuestros hermanos!
Este es el Buen Pastor, el que da la vida por sus ovejas, y camina delante del rebaño: un hombre humilde, servicial y solidario.
Que en este tiempo de Pascua, podamos contemplar a Jesús el Buen Pastor que nos enseña la forma en que hemos de caminar. De esta manera, seremos humildes, serviciales y solidarios como lo fue Jesús, el Señor, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
P. Eloy de San José, C.P.
