
IV DOMINGO DE CUARESMA
15 de marzo de 2026
La vida espiritual debe conducir a los seres humanos a un mayor conocimiento de Dios para amarlo y servirlo cada día más. Para decir que amamos a Dios, no basta haber leído la Escritura o hacer cotidianamente actos de piedad; es necesario demostrarlo con los actos concretos de cada día. En pocas y sencillas palabras: si el amor por Dios es verdadero, viviremos amando a la manera de Jesús.
La cuaresma es una oportunidad para hacer una revisión de nuestra vida y descubrir que tan sólido es nuestro amor por Dios. Durante estos días conviene que miremos el interior y veamos cuáles son los obstáculos que nos impiden amar a Dios por sobre todas las cosas. Por eso, hemos presentado la cuaresma como un itinerario que cada uno debe recorrer para revisar y renovar la vida; así, con la disposición de amar a Dios, podremos caminar como auténticos discípulos de Cristo.
De este modo, iniciamos el recorrido cuaresmal introduciéndonos con Jesús en el desierto para tomar conciencia de nuestras debilidades pues, cuando más débiles nos encontramos, más vulnerables estamos de caer en tentación (cfr. Mt 4, 1-11). Posteriormente, en medio de nuestros desánimos y desencantos, subimos al monte de la Transfiguración dejando que la claridad de Cristo disipe las tinieblas e incertidumbres que muchas veces entorpecen el rumbo de nuestra vida (cfr. Mt 17, 1-9). Finalmente, en la tercera semana de cuaresma, fuimos invitados a hacer un alto para descansar junto al pozo de Jacob, donde se dio el encuentro entre Jesús y la samaritana. Como esta mujer, también nosotros necesitamos conversar con Jesús para que su palabra y su divina presencia remedie nuesras frustraciones y sacie nuestra ansia de plenitud y felicidad (cfr. Jn 4, 1-42).
Después de haber caminado por el desierto y subir a la montaña de la Transfiguración, y habiendo conversado con Jesús en el pozo de Jacob, en esta cuarta semana de cuaresma, se nos invita a acercarnos a la piscina de Siloé, en las inmediaciones del Templo de Jerusalén, donde ocurrió la curación de un ciego de nacimiento (cfr. Jn 9, 1-41). La situación de aquel hombre era bastante complicada: había vivido privado del sentido de la vista, por lo que no conocía el mundo ni el entorno que habitaba; dependía de la caridad y la ayuda de los demás pues, por su limitación, no podía desarrollarse en el ámbito laboral para vivir de manera independiente, por eso estaba pidiendo limosna (cfr. Jn 9,8); además de esto, pesaba sobre sí el señalamiento social al ser considerado el portador de un pecado. Recordemos que en los tiempos de Jesús, se pensaba que los padecimientos y enfermedades eran consecuencia de una culpa personal o de la falta de los ancestros; de ahí el comentario que los discípulos hacen a Jesús cuando ven a aquel hombre: «¿Quién pecó para que este naciera ciego? ¿Él o sus padres?» (cfr. Jn 9,1); o el reclamo de los fariseos que, al conversar con el hombre que había sido curado, le dicen: «Tú naciste lleno de pecado» (cfr. Jn 9,34). Quisiera que en este punto centráramos nuestra atención en la oración de esta semana de cuaresma.
Muchos de nosotros vivimos llevando el mismo peso de aquel hombre, teniendo la idea de que somos seres malvados y pecadores sin remedio. Es verdad que tenemos limitaciones, hemos cometido errores o hemos tomado decisiones que nos han dañado o han lastimado a las personas que nos rodean, pero a pesar de todo, no podemos decir que somos puro pecado y estamos llenos de maldad pues en el interior del ser humano está latante el divino Espíritu que Dios infundió desde el momento de la creación (cfr. Gn 2,7). Por eso, no debemos acentuar las faltas que hemos cometido ni debemos permitir que éstas definan nuestra vida; miremos en lo profundo del corazón y descubramos que, a pesar de nuestras caídas, lo que nos define es el Espíritu de Dios que habita en el interior y nos da la capacidad de hacer actos de bondad y restaurar el camino cuando nos hemos equivocado. En esta cuarta semana de cuaresma, situados en la piscina de Siloé, pidamos a Jesús que nos quite la ceguera para que aprendamos a mirar con detenimiento el interior del ser humano y no nos dejemos llevar por las apariencias (cfr. 1Sm 16,7), de manera que podamos reconocer lo valioso que tenemos en el fondo del corazón y descubramos que, a pesar de nuestras limitaciones y defectos, siempre será mayor la bondad que el mismo Dios ha puesto en el interior del ser humano. Si tomamos conciencia de este don de Dios, podremos vivir de una forma distinta: no determinados por el peso de nuestro pecado, sino sabiendo que somos hombres y mujeres en los que, como en el ciego de nacimiento, se puede manifestar la obra de Dios de forma extraordinaria (cfr. Jn 9,3). Si nos liberamos de la miopía que nos impide mirar lo que es verdaderamente valioso, también aprenderemos a mirar la bondad que Dios ha puesto en el corazón de nuestros hermanos. Y es que, en muchas ocasiones, por no mirar desde la óptica de Jesús, nos centramos sólo en los defectos y caídas de nuestros hermanos, definiendo su identidad a partir de los errores que han cometido y olvidándonos que en ellos reside el mismo Espíritu de Dios que los capacita para desarrollar actos de bondad y renovar el camino cuando se han equivocado.
Que en este camino cuaresmal, situados «en la piscina de Siloé», seamos liberados de la ceguera que nos impide reconocer la presencia del Espíritu de Dios que habita en el corazón de cada ser humano; de modo que, curados de la tentación de vivir sometidos al peso de nuestros pecados, podamos caminar libremente como auténticos discípulos de Jesús, el Señor, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
P. Eloy de San José, C.P.
