
III DOMINGO ORDINARIO
25 de enero de 2026
En medio de las contradicciones de nuestra historia, muchas personas suelen pensar que Dios permanece en silencio. Y es que, cuando nos encontramos en un momento crítico y elevamos nuestras súplicas a Dios, deseamos que él responda de inmediato y en la forma en que nosotros pedimos, y si no obtenemos aquello que deseamos, con facilidad decimos que Dios se ha quedado en silencio. No obstante, es necesario reconocer que, ni siquiera en las situaciones más adversas, el Señor se desentiende de nosotros; por el contrario, en los momentos más dolorosos de la vida es cuando su voz resuena con mayor potencia.
Para el pueblo de Israel, el arresto de Juan, el Bautista, representó una verdadera catástrofe. Juan era considerado un profeta enviado por Dios, conocido por todos en Israel; por eso, desde las distintas zonas del país, acudían a la rivera del Jordán para escuchar la palabra del Bautista y sumergirse en las aguas del río. Pero a pesar de su fama, Juan fue arrestado por Herodes que se sentía incómodo con su predicación, especialmente cuando señalaba sus errores o le decía que no tenía permitido tomar por mujer a la esposa de su hermano (cfr. Mc 6, 17-18). Ante el arresto del Bautista, muchos podrían haber pensado que la voz de Dios comenzaría a silenciarse y, sin embargo, Dios hizo resonar su palabra con más fuerza, no a través de un intermedirio, sino por medio de su Hijo Jesucristo pues, tras el arresto de Juan, Jesús comenzará su misión (cfr. Mt 4,12), usando las mismas palabras del Bautista: «Conviértanse porque está cerca el Reino de los cielos» (Mt 4,17). Pero a diferencia de Juan, Jesús no se instalará en el desierto junto al río Jordán, sino que caminará por los pueblos de Galilea, en la tierra de Zabulón y Neftalí, para cumplir lo dicho por el profeta Isaías (cfr. Mt 4,13); además, a diferencia de Juan que anunciaba el juicio de Dios, Jesús hablará de misericordia y compasión.
El tema fundamental de la misión de Jesús fue la predicación el Reino de Dios. Para ello, pronunció palabras y realizó acciones extraordinarias, con la única finalidad de anunciar a todos que el Reino de Dios está presente en medio de la historia. Es conveniente recordar que esta misión no fue tarea exclusiva de Jesus, ni una encomienda que él consideró exclusiva; de hecho, reconoció la necesidad de tener colaboradores que más adelante continuarían con su obra. Por eso, desde el inicio de su ministerio, llamó a los pescadores para hacerlos partícipes de la misión que el Padre había puesto en sus manos (cfr. Mt 4, 18-21).
Llamó a los pescadores; no buscó a las personas más sobresalientes de Israel ni a los miembros de las familias más poderosas de la época; llamó a los humildes pescadores, hombres sin estudio ni formación académica, sin nobleza en la casta ni poderío social; va a los pescadores mirando el ímpetu y la responsabilidad puesta en el ejercicio de su labor. En nuestro tiempo, Jesús sigue necesitando de hombres y mujeres dispuestos a colaborar en la construcción de su Reino; es más, continúa buscando discípulos, camina en nuestras calles y nos llama, como un día llamó a aquellos pescadores, para que anunciemos la Buena Nueva del Reino de Dios. Nadie debe sentirse excluido pues todos somos llamados para proclamar y construir el Reino de Dios.
Sería conveniente pensar en lo que cada uno debe hacer para continuar la misión de Jesús. Como padres y madres de familia, como hijos y hermanos, como ciudadanos y autoridades, como patrones y trabajadores, ¿qué debemos hacer para construir el Reino de Dios? Pienso que el apóstol Pablo nos ha dado una pauta cuando dice: «Vivan en concordia, que no haya divisiones entre ustedes, estén unidos en un mismo sentir y en un mismo pensar» (1Cor 1,10). Si deseamos comprometernos en la construcción del Reino de Dios, podemos comenzar construyendo la unidad, sembrando la concordia donde hay división, la fraternidad donde hay enfrentamientos, la solidaridad donde hay indiferencia y la reconciliación donde se vive de resentimientos. Para construir el Reino de Dios no necesitamos realizar acciones extraordinarias ni pronunciar discursos con alto nivel doctrinal; lo único necesario es que trabajemos por la fraternidad, la armonía y la reconciliación.
Que la llamada de Jesús resuene en nuestras mentes y toque el corazón para que cada uno, sintiéndose interpelado por esta invitación, pueda construir en su realidad cotidiana el Reino del Padre, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
P. Eloy de San José, C.P.


