
III DOMINGO DE PASCUA
19 de abril de 2026
Dios creó a los seres humanos para que fuéramos sumamente felices. Lamentablemente, a pesar de que este es el deseo de Dios y aun cuando los hombres y mujeres viven buscando su felicidad, parece que ésta se ha quedado como una realidad utópica imposible de alcanzar. Posiblemente por las enfermedades no asumidas, los problemas no resueltos, las crisis personales, la creciente violencia, la falta de oportunidades o los distanciamientos de nuestros seres queridos; cada uno, haciendo una revisión de su vida, podría señalar cuáles han sido los obstáculos que le impiden hacer realidad el anhelo de felicidad. Sin embargo, es necesario insistir que Dios nos ha creado para la felicidad; es más, está empeñado en que seamos sumamente dichosos. Por eso, en medio de aquellas situaciones que nos hacen vivir en la desolación y el desencanto, Dios se hace presente, a veces de manera imperceptible, para ayudarnos a superar el dolor y la aflicción: en la palabra amable de un amigo, en el consejo de nuestros familiares o en la presencia cercana de quienes nos aprecian.
Si a pesar de estas mediaciones seguimos hundidos en la desolación, nos habla a través de su Palabra que, siendo escrita desde hace muchos años, continúa dando respuesta a nuestros cuestionamientos e inquietudes, mostrándonos el camino hacia la auténtica felicidad. Y si aún nos sentimos desolados, recordemos que tenemos la Eucaristía, donde está realmente presente para darnos su amor y el impulso que necesitamos para salir adelante.
Este fue el itinerario de los discípulos de Emaús (cfr. Lc 24, 13-35). Ellos, a pesar de haberse identificado con la misión de Jesús, se sintieron desconcertados tras los sucesos del Viernes Santo. Habían admirado a Jesús por las cosas extraordinarias que hacía en favor de los más necesitados y por la capacidad de su palabra que encendía el corazón de los abatidos, por eso esperaban que Él sería el liberador de Israel (cfr. Lc 24,21). Pero, después de los terribles acontecimientos del Viernes Santo, lo único que conservan en la mente es la derrota de un crucificado que, al ser colocado en el sepulcro, ha concluido toda su misión. Si todo ha terminado, no tiene caso permanecer en Jerusalén con el resto de los discípulos; lo más conveniente es volver a la vida anterior con la esperanza de encontrar nuevas ilusiones.
Mientras caminan a Emaús, Jesús, que no se cansa de conducir al ser humano a la verdadera felicidad, se acerca a ellos como un desconocido que cuestiona la causa de su desánimo (cfr. Lc 24,17). Los discípulos lo escuchan pero no saben que es Jesús resucitado; el cansancio y la desolación les impide reconocer al hombre que habían admirado. Por eso Jesús recurrirá a la Escritura, ahora les hablará con la autoridad de Moisés y los profetas para exponer todos los pasajes que se referían a la Pasión y Resurrección del Mesías (cfr. Lc 24,27). Aun cuando los discípulos no podían reconocerlo, su corazón comenzaba a disponerse para el encuentro, como ellos mismos lo afirmarán más adelante: «Con razón nuestro corazón ardía cuando nos hablaba por el camino» (Lc 24,32). Finalmente, estando en la aldea y ante la insistencia de los discípulos, Jesús permanecerá con ellos, sentándose a la mesa donde tomará el pan, pronunciará la bendición y lo dará en alimento, reproduciendo las mismas acciones del Jueves Santo cuando, en la última cena, se dio como alimento. En este momento, los discípulos se dieron cuenta que ese hombre no era un desconocido, ni un perito de las Escrituras, sino el mismo Jesús, resucitado de entre los muertos (cfr. Lc 24,31).
Jesus se acercó a los discípulos para sacarlos de su desaliento, devolverles la esperanza y conducirlos a la felicidad. Esta es la manera en que Jesús actúa para sacar a los seres humanos del desánimo: se acerca nosotros, en medio del abatimiento, por medio de numerosas mediaciones, como la palabra cordial de un amigo o el buen consejo de un familiar, a través de la Escritura para responder a nuestros cuestionamientos, y mediante el sacramento de la Eucaristía para darnos ánimo y el impulso necesario para continuar el camino de la vida. Este itinerario pretende conducirnos a la felicidad, tal como sucedió con los discípulos de Emaús que, después de reconocer al Maestro, vivo y en medio de ellos, volvieron a Jerusalén, dejando atrás el cansancio y la desesperanza, para comunicar a los demás que Jesús está vivo y se hace presente en la fracción del pan.
Que en este tiempo de Pascua, y en medio de los desalientos que podamos atravesar en la vida, seamos capaces de reconocer al Señor que ha resucitado y vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
P. Eloy de San José, C.P.
