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III Cuaresma

III DOMINGO DE CUARESMA

8 de marzo de 2026

Con la impocisión de la ceniza sobre nuestra cabeza, iniciamos el tiempo de cuaresma. Con ella, hemos reconocido ante Dios nuestras debilidades y hemos hecho el compromiso de emprender un camino de conversión que nos permita vivir conforme a su divina voluntad. Para ello, la Palabra de Dios que estaremos escuchando será de mucha utilidad: en ella encontraremos las pautas necesarias para hacer una revisión profunda de nuestra de vida, señalar los obstáculos que nos impiden continuar el camino e impulsar nuestra vida como discípulos del Señor.

 

De esta manera, al iniciar el itinerario cuaresmal, nos introducimos en el desierto, acompañado a Jesús, que fue tentado por el espíritu del mal. En aquella semana nos dimos a la tarea de revisar nuestra vida para reconocer las debilidades que nos han desviado del camino del Señor, de manera que, conscientes de nuestra limitación y sostenidos con la asistencia del Espíritu Santo, podamos resistir a la seducción del tentador. Posteriormente, ayudados por la Palabra de Dios, fuimos invitados a subir a la cima del Tabor para contemplar a Jesús, revestido de su divinidad, dejando que su claridad disipe las tinieblas del desánimo ocasionadas por las distintas crisis de la historia que muchas veces nos llevan a la desolación y hasta la depresión. 

 

Ahora, en esta tercera semana de cuaresma, después de habernos introducido en el desierto y habiendo subido al monte de la transfiguración, la Palabra de Dios nos invita a deternernos a descansar en el pozo de Jacob, un punto muy valorado por todos los habitantes de Israel. El pozo no era simplemente el sitio donde se extraía el líquido tan necesario para la vida humana; para los pueblos del desierto representaba un espacio que favorecía el encuentro: todos los días, las doncellas acudían a los pozos para llenar sus cántaros y llevar el vital líquido a sus casas; de modo que era un espacio de conocimiento y socialización. Los pozos fueron también los sitios donde empezaron a escribirse las más bellas historias de amor, a través de las cuales, se fue manifestando la bendición de Dios para todo el pueblo. Fue en las cercanías de un pozo donde Isaac conoció a Rebeca (cfr. Gn 24, 62-64); en torno a un pozo Jacob se encontró con Raquel, la madre de José, el soñador (cfr. Gn 29, 9-11) y en el pozo de Madián, Moisés conoció a la que sería su mujer (cfr. Ex 2, 15-22). 

 

Las historias de amor de los patriarcas de Israel iniciaron en las cercanías de un pozo. Y precisamente, en un pozo, se da el encuentro de Jesús con la samaritana. Sería conveniente que pensáramos en la situación de aquella mujer. La samaritana, dedicada a sus tareas domésticas, había salido al pozo como todos los días para llenar su cántaro. Posiblemente durante su camino iba pensando en su situación: era una mujer llena de frustraciones que no había podido alcanzar su realización humana; había estado casada en cinco ocasiones y en aquel momento vivía con un hombre que no era su marido (cfr. Jn 4,18). No sabemos las circunstancias que ocasionaro el rompimiento con los cico maridos; si acaso hubieran fallecido, ella estaría llena de frustración por no haber llevado a plenitud su vida matrimonial y, si como era posible, estos la hubieran repudiado entregándole un acta de divorcio, el peso sería aún mayor al saber que había sido rechazada en cinco ocasiones, sin olvidar el señalamiento social que sobre ella estaría cayendo; además, el hombre con el que actualmente vivía no era su marido, es decir, no había tenido interés por establecer con ella un vínculo jurídico que le diera seguridad y protección. Así, con todas sus frustraciones, se acercó al pozo de Jacob donde Jesús estaba sentado. Empezaron a intercambiar palabras y, conforme avanzaba la conversación, la samaritana se sintió cautivada por la palabra y la presencia de Jesús, al punto de reconocerlo como el Mesías esperado (cfr. Jn 4, 26.29). 

 

En esta tercera semana del camino cuaresmal, sería conveniente que, en nuestra meditación cotidiana, nos detuviéramos simbólicamente en el pozo de Jacob para conversar con Jesús. ¡Cuánto necesitamos hablar con Jesús como hiciera la samaritana! Muchos de nosotros vamos caminando por la vida como la samaritana: cansados por el peso de nuestros problemas; llenos de frustraciones por las consecuencias de nuestros actos, las decisiones que hemos tomado, las oportunidades que no hemos aprovechado o los distanciamientos que hemos tenido con nuestros hermanos; o rendidos porque, a pesar de nuestro empeño por alcanzar la felicidad, parece que ésta va quedando como un anhelo inalcanzable. Buscamos la felicidad pero nos conformamos con las satisfacciones efímeras que dan los bienes materiales, el ejercicio arbitrario de la autoridad o los placeres sensoriales; pero al final, el interior continúa totalmente vacío. 

 

Por eso, en esta tercera semana de cuaresma, descansemos en el pozo de Jacob y conversemos con Jesús: presentémosle nuestras frustraciones, los cansancios cotidianos, las tristezas que habitan en lo profundo de nuestro corazón y las insatisfacciones que se han acumulado en el trascurso de la vida; escuchemos su palabra y dejemos que su presencia comience a llenar el corazón, de manera que, como la Samaritana, podamos encontrar el manantial que puede saciar nuestra ansia de felicidad. 

 

Que este camino cuaresmal nos permita detenernos «en el pozo de Jacob» para encontrar a Jesús y conversar con él, dejando que su palabra nos consuele e impulse a conquistar la felicidad; de modo que, sostenidos por su divina presencia, podamos caminar confiadamente junto al Señor, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén. 

 

P. Eloy de San José, C.P.

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