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II DOMINGO ORDINARIO

18 de enero de 2026

En la sociedad en que vivimos, podemos constatar que muchas personas viven diciendo que no necesitan de Dios. Muchos hombres y mujeres, a veces decepcionados por los cansancios de la vida, se retiran de la comunidad eclesial, olvidándose de la necesidad de recurrir a Dios. Muchos, en medio de sus luchas cotidianas, buscan solución a sus problemas acudiendo a otros espacios o escuchando voces diversas, olvidándose de la necesidad de recurrir a Dios. Esta situación, se nota en muchas iglesias que, cada día, están más vacías y abandonadas, olvidando que son el sitio ideal para experimentar el consuelo divino. Ante esta realidad, podemos pensar que el aparente enfriamiento de la fe es consecuencia de las muchas ideologías que se van difundiendo entre los fieles o de los avances científicos y tecnológicos que van dando respuestas a las inquietudes de los seres humanos, ofreciendo una vida más cómoda y confortable. No obstante, me parece que el problema es la falta de testimonio de aquellos que decimos tener fe en Dios; nuestra vida, muchas veces, ocasiona que nuestros hermanos se retiren de la comunión eclesial, se olviden de Dios y vivan como si no necesitaran de su presencia salvadora. 

En este tiempo, sería conveniente que pensáramos a cuántas personas hemos acercado a Dios, con nuestra vida y nuestra palabra; o bien, a cuántos hemos escandalizado, ocasionando que se separen de Dios. Y es que para decir que creemos en Dios, no basta que aprendamos la doctrina cristiana y estudiemos la Sagrada Escritura; la fe auténtica necesita estar acompañada por las obras concretas de nuestra vida. En este sentido, recordemos el momento en el que Juan Bautista presenta a Jesús. Juan había sido enviado predicar el arrepentimiento porque el Reino de Dios estaba próximo a manifestarse y muchas personas, desde distintos poblados de Israel, acudían a la rivera del Jordán para escuchar su palabra y hacerse bautizar. Un día, entre la muchedumbre, se encontraba Jesús y cuando el Bautista lo reconoció, tuvo el valor de presentarlo a sus interlocutores, como el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo (cfr. Jn 1,29). Juan presentó a Jesus para que aquella muchedumbre que había salido al desierto también lo reconocieran como el camino de salvación y tomaran la determinación de caminar con a él. De hecho, es sabido, por el contenido mismo del cuarto evangelio, que algunos discípulos del Bautista, después de que éste presentara a Jesús, decidieron ir con Jesús para caminar con él (cfr. Jn 1,37). 

Es necesario considerar que la palabra del Bautista estaba acompañada por el testimonio de sus obras; su anuncio y predicación estaban sostenido por la humildad de su vida -el Bautista no tenía pretensiones de reconocimiento humano-, por su capacidad de vivir en armonía -las narraciones sostienen que nunca ocasionó daño a sus hermanos- y por su disponibilidad para escuchar y cumplir la voluntad de Dios. 

Sería conveniente que nosotros revisáramos de qué manera estamos dando testimono de nuestra fe pues, como hemos dicho antes, lamentablemente muchos pensamos que, poara dar razón de nuestra fe basta sólo la asistencia a la Eucaristía dominical y el resto de la semana olvidamos lo que hemos celebrado, pues vivimos provocando división, levantando rumores y hablando los unos de los otros. Pensamos que damos testimonio de nuestra fe porque adornamos nuestra casa con la imagen de los santos o llevamos en el pecho una cruz; se nos olvida que, para dar testimonio es necesario vivir desde el amor y misericordia, perdonando incluso a aquellos que nos han lastimado. El testimonio de nuestra fe no puede reducirse únicamente a las palabras, debe estar acompañado por las acciones de nuestra vida cotidiana.

En el inicio de este tiempo ordinario que la misericordia del Señor nos concede, revisemos de qué manera estamos transmitiendo la fe al presentar a Jesús a nuestros hermanos. Que él nos asista, de modo que estemos dispuestos a conocerlo, amarlo y servirlo cada día más, de modo que vayamos dando un testimonio coherente de nuestra fe en el Señor, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

 

P. Eloy de San José, C.P.

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