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II DOMINGO DE PASCUA

12 de abril de 2026

Nos encontramos en una sociedad en donde los enfrentamientos, las polarizaciones, los rumores y los comentarios sobre los demás son sumamente comunes. En muchos casos, esto ocasiona problemas que, lamanetablemente, no tienen solución. Pensemos en lo que ha estado sucediendo desde hace unas semanas en el ámbito internacional: una nación que se levanta contra otra, amenazando su estabilidad, invadiendo su territorio, bombardeando sus construcciones y asesinando a civiles inocentes; también en nuestro territorio hemos visto como los criminales están usando su poder para sembrar terror en medio de la población y demostrar que lo más importante es la conservación de su dominio más allá de la armonía y la fraternidad. Pero esta situación también se da en los ambientes donde cotidianamente nos desarrollamos: sea en el trabajo, en la escuela o en la familia hay enfrentamientos y discusiones que ocasionan división y, en el pero de los casos, una violencia que parece no tener solución. 

 

En medio de estas situaciones, estamos celebrando la resurrección de Cristo. Parecería una contradicción pues mientras aclamamos que Cristo se levantó del sepulcro, veciendo la muerte y todo aquello que oprime a los seres humanos, escuchamos como detonan las bombas y claman las víctimas inocentes. ¡Cómo entender y vivir la Pascua del Señor ante este panorama tan lleno de violencia!

 

La celebración de la Pascua, además de darnos la oportunidad de contemplar a Jesús resucitado de entre los muertos, debería hacernos constructores de paz y fraternidad. No podemos decir que estamos celebrando la Pascua de Cristo si nosotros mismos actuamos con violencia o causamos división entre nuestros hermanos. El que cree la resurrección tiene que comprometerse en la construcción de la unidad, la fraternidad y la paz en aquellos ambientes donde se desarrolla. Evidentemente, este compromiso puede considerarse una acción imposible pues muchas veces, cuando sentimos que estamos amenazados o que otro nos lastima, reaccionamos de la misma manera, usando palabras o emprendiendo acciones que hieren a las personas que están a nuestro alrededor. 

 

¿Qué podemos hacer para construir la paz y ser instrumentos de fraternidad y reconciliación? Podemos encontrar la respuesta en el testimonio de Jesús que, al anochecer del día de la resurrección se presentó ante los discípulos para mostrarles las heridas de su cuerpo, desearles la paz y soplar sobre ellos diciendo: «Reciban el Espíritu Santo» (Jn 20,22). Es el Espíritu, el aliento vital, el que puede capacitar a los seres humanos para ser constructores de paz, fraternidad y reconciliación, en medio de la violencia que impera en el mundo. El Espíritu que Jesús sopló sobre los discípulos es el mismo que estaba presente en la creación del mundo «aleteando sobre la superficie de las aguas» (Gn 1,1) para crear armonía en medio del caos; es el mismo que Dios infundió al ser humano cuando lo estaba moldeando del barro de la tierra para llamarlo a la vida (cfr. Gn 2,7); es el mismo que habita en nostros desde el momento del Bautismo. De este modo, los seres humanos estamos capacitados desde la creación para ser instrumentos de reconciliación y constructores de la paz. Por eso, creer en la resurrección nos debe llevar a establecer la armonía en cada uno de los ambientes donde nos encontramos. No es posible decir que creemos en la resurrección, sólo porque así lo aprendimos en la instrucción que recibimos durante infancia o porque nos emocionamos en la noche santísima de Pascua; el que cree en la resurrección debe comprometerse en la construcción de la fraternidad. En este sentido, conviene recordar el testimonio de las primeras comunidades cristianas que, de acuerdo con los Hechos de los Apóstoles, después de contemplar al que había resucitado, vivieron con un solo corazón y una sola alma, teniéndolo todo en común y haciendo lo posible porque nadie pasara necesidad (cfr. Hch 2, 44-45). Los que habían visto y creído en la resurrección, asumieron el compromiso de ser constructores de fraternidad, cuidándose mutuamente para que todos pudieran vivir en plenitud. 

 

Este es el compromiso que, en medio de la violencia de nuestro mundo, debemos asumir. Si creemos que Cristo se levantó victorioso del sepulcro, debemos desterrar la división para construir la fraternidad, hacer a un lado el odio para sembrar el amor, superar la división para asumir la dinámica del perdón y construir la paz reconociendo que todos somos hermanos e hijos del Padre celestial. Puede ser una tarea sumamente complicada pero como hemos dicho, nos asiste el Espíritu de Dios, el mismo Espíritu que en la noche del día de la resurrección, Jesús sopló sobre sus discípulos.

 

Que la memoria de Jesús resucitado de entre los muertos nos interpele y nos dé el impulso para que seamos capaces de construir una sociedad donde nos podamos reconocernos como hermanos y asumamos el comprimoso de trabajar por el bien de todos. De este modo, estaremos anunciando, no sólo con palabras, sino con testimonio de nuestra vida, que ha resucitado Cristo, el Señor, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

 

P. Eloy de San José, C.P.

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