
II DOMINGO DE CUARESMA
1 de marzo de 2026
Hemos dicho que la cuaresma es un camino que nos conducirá a la celebración festiva de la Pascua. Durante este tiempo, se nos invita a hacer una revisión profunda de nuestra vida para identificar aquellas situaciones que nos impiden caminar junto a Jesús que sube a Jerusalén para dar la vida por nosotros.
De esta forma, iniciamos el itinerario cuaresmal introduciéndonos con Jesús en el desierto donde fue tentado por el espíritu del mal. Decíamos la semana anterior que debemos reconocer nuestras debilidades pues, cuando más vulnerables nos encontramos, con más facilidad podemos caer en la tentación. Si reconocemos nuestras debilidades, estaremos atentos para no ceder ante el espíritu del mal que busca hacernos caer para distanciarnos del camino de Jesús.
Después de habernos introducido en el desierto, en esta segunda semana, somos invitados a subir al monte de la transfiguración para contemplar a Jesús revestido de su divinidad. Hemos de recordar que cuando subió al monte acompañado de sus discípulos (cfr. Mt 17,1), estos se encontraban desanimados pues, aun cuando lo habían reconocido como el Mesías, el Hijo del Dios vivo (cfr. Mt 16,16), no comprendían la idea de que pudiera padecer en Jerusalén por causa de los ancianos, los sumos sacerdotes y los maestros de la ley que, incluso, lo conducirían a la muerte (cfr. Mt 16,21); más aún, se resistían a pensar que esta misma situación pudiera acontecerles (cfr. Mt 16, 24-25). Y es que, humanamente, habían reconocido en el ministerio del Maestro la acción de Dios que tiene la capacidad de hacer cosas extraordinarias en la historia humana; en su mente conservaban el momento en que Jesús había sanado a los enfermos de diversos males, las ocasiones en que había liberado a los que estaban oprimidos por el espíritu del mal, el día en que alimento a la muchedumbre, la noche cuando calmó la tempestad y los momentos en que su palabra había llenado el corazón de quienes lo escuchaban. Imposible pensar que un hombre tan extraordinario y con tal autoridad pudiera concluir su vida condenado como los peores delincuentes. Jesús, conociendo su desaliento, tomó la determinación de subir al monte, acompañado por tres de sus discípulos y, una vez en la cima, les mostró su divinidad: «su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve» (Mt 17,2); con esto, podrían de recordar que, a pesar de las adversidades de la historia, él es el Mesías, el Hijo de Dios, el vencedor de la muerte y de todos los males que afectan a la humanidad. Y de acuerdo con las palabras del Padre celestial, para creer en Jesús y confiar en él, es necesario estar cerca para escucharlo en medio de los acontecimientos de la historia (cfr. Mt 17,5).
En esta semana de cuaresma, somos invitados a subir al monte para contemplar a Jesús revestido de su divinidad. ¡Cuánto necesitamos contemplar su rostro radiante! Vivimos en una época de muchos sufrimientos; basta que miremos alrededor para darnos cuenta de las muchas situaciones que nos lastiman y hieren profundamente. Cuántos de nosotros vivimos inquietos y llenos de temor, a causa de los problemas que se viven cotidianamente; cuántos hemos perdido la tranquilidad para caminar libremente en las calles de los pueblos; cuántos de nosotros hemos caído en la desesperación por no tener las oportunidades que necesitamos para desarrollarnos en la vida; cuántos hombres y mujeres viven sabiendo que su salario no es suficiente para llevar el alimento a sus seres queridos. Ante estas y tantas situaciones, muchos estamos como los discípulos de Jesús: creemos en él, pero el miedo y la desesperación nos impiden vivir en plenitud. Por eso, me parece conveniente que, en esta semana, subamos al Tabor para contemplar el rostro radiante del Maestro, dejando que su claridad ilumine y disipe las tinieblas de nuestra vida.
Después de que los discípulos contemplaron a Jesús revestido de su divinidad, sintieron la tentación de permanecer estáticos en aquella visión del paraíso (cfr. Mt 17,4), pero, después de escuchar la voz del Padre celestial, Jesús se acerca a ellos para invitarles a continuar el camino: «Levántense y no teman» (Mt 17,7); es decir, vuelvan a la vida, a la realidad cotidiana y caminen sabiendo que el Maestro los acompaña. Así nosotros, después de contemplar el rostro radiante de Jesús y habiendo permitido que su claridad disipe nuestros temores y la tiniebla que se abate sobre nuestra historia, volvamos a lo cotidiano de la vida, sabiendo que no estamos solos pues Jesús camina con nosotros, el mismo que ha vencido la muerte y ha hecho brillar la luz de la vida y de la inmortalidad por medio de su palabra (cfr. 2Tm 1,10). Y con esta convicción, iluminemos la vida de tantos hombres y mujeres que viven en la tiniebla o han perdido la esperanza a causa de las crisis de su historia. De esta manera, como Abraham, nuestro padre en la fe, seremos bendición para todos los pueblos de la tierra (cfr. Gn 12,3).
Que este camino cuaresmal, nos permita «subir al monte» para contemplar a Jesús revestido de su divinidad; de modo que, las tinieblas y el desánimo que entorpecen nuestro diario caminar sean disipados por la claridad del Señor, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
P. Eloy de San José, C.P.
