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II DOMINGO DE CUARESMA

25 de febrero de 2024

«Este es mi Hijo amado, escúchenlo» (Mc 9, 2-10)

Hace un par de días, mientras viajaba en el transporte público, me percaté de una situación peculiar. El teléfono de una persona de edad avanzada comenzó a sonar, alguien la llamaba, así que se dispuso a sacar su dispositivo y contestar, y cuando tuvo el auricular en su oído, su expresión fue de descontento, comenzó a mirar hacia todos lados y en su mirada se alcanzó a divisar confusión; de pronto comenzó a decir: “es que no te escucho”, y eso era más que obvio, pues entre la música del conductor, las pláticas de los pasajeros, el anuncio del vendedor ambulante y el ruido de los demás autos que viajaban por la avenida, era para ella imposible escuchar a quien le llamaba por teléfono; la mirada de aquella persona parecía sumirse en la desesperación, y por un momento pensé que gritaría pidiendo que el mundo se callara, sin embargo, se detuvo un instante, respiro profundo, tapó su otro oído con su mano, y entonces la calma volvió a su rostro, sonrió, y dijo con calma a quien se encontraba del otro lado del teléfono: “en cuanto baje del camión te llamo, para escucharte mejor”.

¿Cuántos de nosotros en la vida no nos hemos sentido de la misma manera que aquella persona? De cara al frenético ruido de la vida cotidiana a veces nos parece imposible comprender lo que ocurre, escuchamos tantas voces: la familia, los amigos, los compañeros de trabajo o escuela, los vecinos, las autoridades, los políticos, los lideres religiosos…; escuchamos tantos mensajes: ideologías deshumanizantes, discursos carentes de sentido y veracidad, acusaciones a personajes sobresalientes…; tantas invitaciones: a consumir en forma desmedida, a preocuparnos sólo por nosotros mismos, a conseguir la vida fácil sin esfuerzo alguno, a sumarnos a proyectos alienantes…; tantos ruidos que nos distraen y nos hacen perder el rumbo y olvidarnos de lo que realmente es valioso e importante. 

Pero esta situación no es nueva, les ha ocurrido a todos los seres humanos desde el principio de la historia; ya la primera lectura (Gn 22, 1-2. 9-13.15-18) nos exponía la situación de Abraham, quien, frente a la decisión de emprender el camino para seguir el proyecto salvador de Dios tuvo que enfrentar un mundo desconocido lleno de voces: burlas por seguir incondicionalmente a Dios, invitaciones a la idolatría, incredulidad de su familia, ofertas de establecimiento en una determinada tierra, sugerencias de abandonar el proyecto de Dios… Lo mismo le ocurrió a Jesús, quien, de cara a las aclamaciones de la gente, los reproches de los dirigentes religiosos, las criticas de sus opositores y el desconcierto de sus discípulos, también temió llegar a perder el rumbo de su misión. Ambos hombres se enfrentaron al dilema: ¿Cómo escuchar a Dios en medio de tanto ruido? Y como hombres de fe recurrieron al silencio, porque esa es la clave para escuchar a Dios, hacer silencio interior, no callar al mundo, sino callar la tormenta interior para escuchar la propia voz y la voz divina. 

El caso de Abraham es dramático, Dios le pide en sacrificio a su hijo único, y Abraham lo obedece incondicionalmente, sin oposiciones ni cuestionamientos, sólo guarda silencio y emprende el camino; y en el momento cumbre, cuando ya estaba por culminar el sacrificio resuena la voz de Dios una vez más: “detente”. El silencio obediente de Abraham es lo que obra el milagro de que pueda escuchar a Dios, en un primer momento para disponerse a cumplir su voluntad y con ello demostrarle su fidelidad; y en un segundo instante para saber reconocer que Dios le pide cambiar la situación; entre ambos momentos hay un espacio amplio de tiempo, en el que seguramente en el interior del patriarca se desato una tormenta, porque, ¿qué padre de familia sacrifica a su hijo muy querido sin tener sentimientos encontrados? Y sin embargo, hace silencio, como la persona de la historia con la que iniciábamos la reflexión; respiró y no dejó que el ruido interno y externo le quitaran la paz, simplemente confió en la voz del Señor; muy distinto hubiera sido el desenlace de la narración si Abraham se hubiera sumido en sus ruidos internos, en su tristeza y dolor, simplemente no hubiera podido escuchar la voz del Señor con la nueva invitación, ahora a detener el sacrificio de su hijo y ofrendarle una vida de mayor fidelidad. 

Con Jesús la situación es similar, pues ante el ruido de los que lo rodean y de cara a la decisión de subir a Jerusalén para hacer ahí la ofrenda de su vida decide subir al monte para hacer silencio y encontrarse con Dios; y en este encuentro no está solo, lo acompañan sus discípulos que son a la vez testigos del momento, y lo acompañan también la rica tradición religiosa de su pueblo, con quienes entabla conversación: Moisés y Elías, la ley y los profetas contenidos en la Escritura, que le hablan y le descubren la voluntad del Padre, dándole fuerza para enfrentar lo más duro de su misión. Y cuando Jesús acepta esa invitación del Padre, cuando escucha su Palabra y la abraza, es cuando su persona resplandece y el Padre lo presenta al mundo. “Éste es mi Hijo amado” y en seguida nos da una orden: “Escúchenlo”.

 

Escuchar, es una invitación que nos hace Dios en este domingo. La Cuaresma es un tiempo propicio para hacer silencio y escuchar, a nuestra propia persona, a nuestros hermanos y a Dios. Pero, qué difícil es hacer silencio para con nosotros mismos, porque quizá tenemos miedo de escucharnos; nos puede costar mucho trabajo guardar silencio; por eso cuando acudimos a la oración no dejamos de dar vuelta a nuestros pensamientos; nos cuesta trabajo escucharnos porque nadie nos conoce mejor que nosotros mismos y nos puede atemorizar reconocer las cosas buenas que Dios ha sembrado en nuestro interior y los aspectos difíciles que estamos llamados a cambiar, y entonces nos sumergimos en muchas cosas que nos adormecen y hacen ruido: el celular, la televisión, las redes sociales, que nos alejan de nuestra realidad personal y nos llevan al mundo de la apariencia, de lo irreal, de la imagen, donde podemos ser una imagen falsa de nosotros mismos; es difícil guardar silencio para escuchar a nuestros hermanos, porque muchas veces sus situaciones nos interpelan y nos invitan al compromiso con ellos, y nos podemos sentir atemorizados, paralizados, por no saber que decir o que hacer frente a ellos, y mientras nos hablan somos incapaces de hacer silencio para escucharlos, nos encontramos pensando que contestar o como aconsejar cuando muchas de las veces sólo nos piden un poco de atención y comprensión, y al no saber qué decir o qué hacer, simplemente nos alejamos, nos aislamos, nos ponemos los auriculares y nos sumimos de nuevo en el ruido interior que crea una barrera para no tener nada que hacer frente a los otros; y finalmente, nos da miedo escuchar a Dios, a su Hijo Jesús, porque sus palabras nos recuerdan los valores fundamentales de la vida que se contraponen con los antivalores de un mundo corrompido por el pecado, porque su voz nos invita a superar nuestras situaciones difíciles a través del esfuerzo solidario, y entonces decidimos acallar su voz por medio de slogans, de spots publicitarios, de falsas promesas de una felicidad efímera que se puede conseguir a través de una cómoda complicidad con los antivalores que nos conducen a la muerte. 

Y dejamos que el ruido nos absorba; no nos atrevemos a entrar en el espacio sagrado del silencio, y nos dejamos arrastrar por la confusión, el miedo y el sufrimiento; pero aun cuando las situaciones difíciles de la vida nos suman en la desesperación, la confusión o el desconcierto debemos confiar, como Abraham, en que las promesas de Dios son inmutables, que Él siempre nos acompaña, que aun abrumados por desgracias es necesario confiar, porque si Dios está a nuestro favor nadie puede estar en nuestra contra, como nos lo recordaba el apóstol en la segunda lectura (Rom 8, 31-34).

Guardar silencio y escuchar, es una dinámica de la Cuaresma que podemos vivir con la seguridad de que nos ayudará a encontrarnos con el Hijo amado, presente en Jesús y en nuestros hermanos, en quien nos podremos sentir también nosotros hijos muy amados. 

 

El resto de la reflexión depende de ti. 

 

Bendecida semana. 

 

Daniel de la Divina Misericordia C.P.

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