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EL BAUTISMO DEL SEÑOR

11 de enero de 2026

Con la fiesta del Bautismo del Señor terminamos el tiempo de Navidad e iniciamos el tiempo Ordinario, que nos acercará Jesus para acompañarlo en el desarrollo de su misión. 

Hemos de recordar que el bautismo fue para Jesús una experiencia radical que marcó y dio orientación definitiva a su existencia. Sabemos que durante la infancia y adolescencia, Jesús vivió en Nazaret sujeto a la autoridad de sus padres (cfr. Lc 2,51), y ejerciendo el oficio de carpintero. Pero después del bautismo, su vida tomó una dirección totalmente distinta: no volverá a Nazaret ni retomará sus actividades como artesano; en adelante y viviendo en la itinerancia, estará dedicado a proclamar, que el Reino de Dios está presente en medio de la historia. 

¿Qué sucedió para que la vida de Jesús tomara esta nueva dirección? ¿Qué lo impulsó a vivir como un profeta itinerante que anuncia la presencia de Dios en la historia de la humanidad? Hemos dicho que para Jesús el baitismo fue un acontecimiento radical que marcó definitivamente toda su existencia. Indudablemente, Jesús había escuchado hablar sobre Juan el Bautista, un hombre conocido por todos en Israel que, desde la rivera del Jordán predicaba la conversión y el arrepetimiento, y a quien muchos acudían para escuchar su palabra y hacerse bautizar, manifestando así, el compromiso de renovar la vida. Posiblemente, Jesús se sintió atraído por la predicación del Bautista, por eso caminó hasta la rivera del Jordán y, después de escucharlo, tomó la determinación de hacerse bautizar (cfr. Mt 3,13). Cabe mencionar que Jesús no tenía necesidad de ser bautizado pues, debido a su condición divina, estaba limpio de pecado; en este sentido, podemos señalar que su bautismo no es una expresión de arrepentimiento sino de solidaridad con aquellos que buscan a Dios. Y en el momento de su bautismo, ocurrió un acontecimiento extraordinario: se abrieron los cielos, descendió el Espíritu Santo en forma de paloma y se escuchó la voz del Padre diciendo: «Este es mi Hijo amado, mi predilecto» (cfr. Mt 3, 16-17). Este hecho, marcó definitivamente la historia de Jesús que, en adelante, sólo vivirá para proclamar la presencia del Reino de Dios en la historia humana. Y es que, en el bautismo, Jesús tuvo certeza de su identidad: se dio cuenta que era el Hijo de Dios, el Hijo amado del Padre, su predilecto; lo cual, lo llevó a mirar la vida de una forma distinta: sabiéndose amado por Dios, siente la necesidad de dar a conocer a su Padre; por eso no vivirá oculto en el silencio de Nazaret, sino que saldrá predicar y hablar de su Padre, para que todas las personas que lo escuchen puedan también conocer y amar al Padre del cielo. Por eso hemos dicho que el bautismo fue para Jesús un acontecimiento radical que marcó definitivamente toda su existencia.

En esta celebración, sería conveniente que pensáramos en nuestro bautismo, pues también debería ser una experiencia radical que oriente definitivamente nuestra vida. Y es que, en el momento en que las aguas bautismales caían sobre nuestra cabeza, ocurrió lo mismo que le sucedió a Jesús: también se abrieron los cielos, el Espíritu Santo descendió y Dios Padre desde el cielo exclamó: «¡Este es mi hijo amado!». Por lo tanto, ¡somos los hijos amados del Padre! ¡Qué extraordinaria noticia: somos los hijos queridos por Dios, en los que él mismo se complace! Esta realidad trae un compromiso: si somos los hijos de Dios, nuestra vida tiene que ser totalmente distinta: no podemos estar sometidos a la tristeza, al desencanto o al desaliento; no podemos vivir en la amargura, en la desesperación o en el pesimismo; si somos los hijos de Dios, más aún, si somos sus hijos amados, tenemos que vivir desde una perspectiva diferente, no desde el pesimismo y la desesperación, sino desde la esperanza y la ilusión; no podemos vivir sometidos a tristeza y al llanto, sino que, como hijos de Dios, estamos llamados a vivir con felicidad pues nuestro Padre es el creador del universo. Sin duda que en el camino encontraremos dificultades, pero no deben quitarnos la ilusión ni la dicha, pues, a pesar de las adversidades, Dios, el Padre que tanto nos ama está siempre cuidándonos y caminando con nosotros.

El bautismo tiene que ser expresión de nuestra identidad. Somos los hijos amados del Padre celestial y, como Jesús, debemos estar comprometidos en la construcción del Reino de Dios; debemos hacer lo posible para que cada día más hombres y mujeres conozcan y amen a Dios y se comprometan en la construcción de su Reino. Cabe señalar que el Reino no se edifica sólo con discursos teológicos y enseñanzas doctrinales, sino con los actos concretos de nuetra vida cotidiana. En este sentido, recordemos las palabras pronunciadas por el apóstol Pedro ante la conversión de Cornelio: «Ahora comprendo que Dios no hace distinción de personas» (Hch 10,34). Si nosotros deseamos construir el Reino de Dios, evitemos la división en nuestras familias y comunidades, y la distinción de personas por su procedencia o manera de pensar; si deseamos dar a conocer a todos el amor de nuestro Padre celestial, esforcémonos por construir la unidad donde la división y la crítica destructiva se impone.

En esta fiesta del Bautismo del Señor, pidamos su sabiduría para que también nosotros, en virtud del sacramento del bautismo, podamos orientar nuestra vida como los hijos amados del Padre celestial, de modo que, sintiéndonos interpelados por esta filiación, sepamos construir en la historia el Reino de nuestro Padre común, que vive y reina por los siglos de los siglos.

 

P. Eloy de San José, C.P.

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