
DOMINGO DE RAMOS
29 de marzo de 2026
¡Que delicada puede ser la voluntad de los seres humanos! En muchas ocasiones, decimos que tenemos convicciones firmes pero cuando las circunstancias cambian, también cambiamos nuestro parecer.
Antes de la fiesta de Pascua, había en Jerusalén una muchedumbre reunida para aclamar a Jesús convencida de que era el Mesías que Dios había prometido desde el pasado. Así lo creían después de ver como Jesús había multiplicado los panes para alimentar a los hambrientos, había devuelto la salud a los enfermos, había encendido la esperanza en los corazones abatidos e, incluso, había traído de la muerte a quienes habían perecido. Estaban convencidos de que Jesús era un hombre extraordinario, el Mesías de Dios. Por eso, la muchecumbre tomó ramos en sus manos para aclamarlo diciendo: «¡Hosana al Hijo de David! Bendito el que viene en nombre del Señor» (Mt 21, 9). Estaban convencidos de que Jesús era verdaderamente el Mesías esperado. Pero qué delicada fue la voluntad de aquellas personas que, cinco días después, clamaban ante Pilato: «¡Crucificalo!» (Mt 27, 22-23). Cinco días después, aquella muchedumbre que había aclamado a Jesús como el Mesías prometido, ahora estaba pidiendo su martirio.
La causa de este cambio fue una traición y el que muchos se sintieron desenmascarados por la obra de Jesús. Por un lado, Judas Iscariote, discípulo de Jesús y hombre de confianza, seducido por la codicia se presenta ante los sumos sacerdotes para saber cuánto podría obtener si los conducía hacia el arresto de Jesús (cfr. Mt 26, 14-16); parece que el afán material provocó que las convicciones de Judas comenzaran a tambalearse. Por otro, los sumos sacerdotes, los escribas y fariseos, y las autoridades del pueblo, habían sentido que la vida de Jesús era una amenaza para sus intereses personales, por lo que buscaron la manera de deshacerse de él, manipulando la débil voluntad del pueblo para que, a pesar de haberlo aclamado como el Mesías, ahora pidieran su condena.
Lamentablemente, esta situación se repite continuamente en la historia de la humanidad. Decimos que tenemos convicciones firmes y cuando cambian las circunstancias o nos sentimos amenazados, con facilidad cambian nuestras opciones. Decimos que estamos convencidos de un plan, una idea o una realidad, pero ante la adversidad parece que nos damos la vuelta. Es más, muchos de nosotros decimos con los labios que creemos firmemente en Jesús y lo reconocemos como nuestro salvador pero ante la presión de las dinámicas sociales o la defensa de nuestro bienestar, actuamos de forma contraria a nuestra aparente convicción.
Buscar la voluntad personal suele provocar la pasión de Cristo en la historia. Cuando los sumos sacerdotes y las autoridades de Israel se buscaron a sí mismos, defendiendo su estilo de vida, llevaron a la muerte al que era inocente. Así sucede al hombre contemporáneo que, buscando sus intereses personales, se atreve a pisotear a quien sea, para obtener un beneficio. Por eso decimos que la Pasión de Cristo continúa hasta nuestros días; no es un acontecimiento histórico que ha quedado en un momento puntual de la historia; continúa hasta nuestros días en cada hombre que sufre, en cada mujer víctima de la violencia, en cada ser humano que padece la injusticia o no tiene la posibilidad de salir adelante. Por eso, en este día tendríamos que pensar qué vamos a hacer nosotros, hombres y mujeres de fe, que hemos tomado palmas en las manos para aclamar a Jesús como el Mesías; qué vamos a hacer ante el sufrimiento de Cristo: ante esos padres y madres de familia que lloran por no tener lo necesario para alimentar a sus hijos; ante esos hombres y mujeres que padecen por la injusta distribución de la riqueza o son víctimas de la violencia y la delincuencia; ante esas madres que lloran por la desaparición de sus hijos; qué vamos a hacer para sanar el dolor de Cristo que en nuestros días continúan padeciendo por la maldad de los seres humanos.
Esta semana es una oportunidad para que curemos las heridas del Maestro. No nos lavemos las manos como Pilato, ni abandonemos al crucificado como hicieran los apóstoles; más bien, consolemos al Señor que sufre en tantos hombres y mujeres; seamos como el Cirineo y ayudemos a los hermanos a llevar su cruz; seamos como José de Arimatea y cuidemos el cuerpo herido de Jesús, presente en tantos hombres y mujeres víctimas de la injusticia, la pobreza y la violencia.
Que los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor que estamos celebrando nos impulsen para que, fortalecidos en la fe y con una firme convicción, seamos hombres y mujeres dispuestos a cuidar a Jesús en la vida de los que sufren y a aclamarlo como el único Señor, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
P. Eloy de San José, C.P.
