
DOMINGO DE PENTECOSTÉS
24 de mayo de 2026
Cincuenta días después de la Resurrección, el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles que habían estado encerrados por miedo a los judíos. Este acontecimiento cambió radicalmente la vida de los discípulos que tomaron la determinación de salir y anunciar con valentía que Cristo había resucitado. Y es que el Espíritu Santo tiene la capacidad de renovar y transformar la existencia humana; por eso, sabiendo que en esta sociedad muchos aspectos necesitan renovarse, sería conveniente que invocáramos continuamente al Espíritu Santo.
Vivimos en una sociedad marcada por la división, en la que los seres humanos nos enfrentamos por la natural diferencia de pensamiento o el modo de proceder, reconociendo a unos como simpatizantes mientras que otros se llaman adversarios. Una sociedad en la que se abren dos polos irreconciliables, donde unos se sienten superiores y acaparan las riquezas y todas las posibilidades de desarrollo, mientras que otros, considerados inferiores, son lanzados a la cultura del descarte. Ante esta situación, necesitamos invocar al Espíritu Santo para que nos impulse a construir la unidad de la familia humana. Esto es lo sucedió el día de Pentecostés: había en Jerusalén muchos hombres y mujeres procedentes de distintos pueblos, con diferencias culturales, diversas maneras de pensar y distintos idomas; pero a pesar de la diferencia, todos pudieron escuchar y compronder el mensaje de los apóstoles pues la acción del Espíritu de Dios provocó la unidad en medio de la diversidad (cfr. Hch 2, 5-11). Por eso, en esta sociedad marcada por la división, invoquemos al Espíritu Santo para que, con su divino resplandor, nos permita ser constructores de la unidad.
Además de la división, nuestra sociedad ha caído en un estado de indolencia e insensibilidad ante el sufrimiento del otro. Vivimos centrados en la solución de nuestros problemas, en la forma de alcanzar un estado de bienestar y buscamos, por todos los medios, la manera de sobresalir y hacer realidad nuestros deseos personales. Pero lamentablemente, parece que esta búsqueda nos hace olvidar que hombres y mujeres, cerca de nosotros, están soportando sufrimientos aun mayores. Somos incapaces de compadecernos del sufrimiento del hermano; es más, cotidianamente nos enteramos de los sucesos lamentables que ocurren a nuestro alrededor, en los que hombres y mujeres sufren las terribles consecuencias del hambre, la violencia, la falta de oportunidades, las adicciones, la enfermedad o la pérdida de sentido, y nosotros permanecemos en la más absurda insensibilidad pensando sólo en nuestro bienestar; es más, parece que cerramos los ojos para no mirar las lágrimas que recorren las mejillas de aquellos que son víctimas de la injusticia y nos tapamos los oídos para no escuchar el llanto y los clamores de quienes han perdido la esperanza. Ante esta realidad, necesitamos invocar al Espíritu de Dios para que nos anime a ser constructores de una fraternidad solidaria. El apóstol Pablo comprendió que el Espíritu Santo tiene la capacidad de hacer que los seres humanos nos veamos verdaderamente como hermanos, miembros de un solo cuerpo (cfr. 1Cor 12,12) y trabajemos, no sólo por el bien personal sino por el bien de la entera comunidad (cfr. 1Cor 12,7). Por eso, en esta sociedad marcada por la insensibilidad, invoquemos al Espíritu Santo para que, con su divina inspiración, nos permita se constructores de una fraternidad que mire y atienda compasivamente a los hermanos.
Tenemos que reconocer que vivimos en una sociedad marcada por el miedo y la desesperanza; muchos hombres y mujeres somos presa del temor, a causa de la violencia alarmante que amenaza nuestra vida; cuántas personas tiene miedo de salir a las calles y caminar por las plazas; cuántos, al despedirse de sus seres queridos, viven con el temor de que no puedan volver a casa. Además del miedo, muchos en esta sociedad viven desesperadamente por no tener acceso a los servicios de salud, a una educación de calidad o un ambiente laboral que les permita obtener lo necesario para vivir; cuántos están llenos de frustración porque, a pesar de su formación académica y experiencia profesional, no encuentran un sitio para desarrollarse. Ante estas situaciones conviene que invoquemos al Espíritu Santo. Sabemos que el día de la Resurrección, cuando Jesús se presentó en medio de los discípulos que vivían atemorizados por la persecución desatada contra el Maestro y lloraban aún su muerte, después de soplar sobre ellos para infundirles el Espíritu, dejaron atrás el miedo y llenos de valor salieron de su encierro para anunciar que Jesús está vivo; dejaron de llorar para vivir la dicha de saberse acompañados por aquel que, con su resurrección, ha vencido todo lo que oprime la vida humana (cfr. Jn 20, 19-23). En esta sociedad marcada por el miedo y la desesperación, invoquemos al Espíritu Santo para que, con sus dones, nos permita recuperar el valor de vivir y la dicha de saber que Jesús nos acompaña en cada momento de la historia.
En esta fiesta de Pentecostés, al conmemorar la efusión del Espíritu Santo sobre la comunidad apostólica y sobre todos los que creen en Cristo y desean comprometerse en la transformación de la sociedad, invoquemos su asistencia, de modo que, saliendo del miedo y la desesperación, seamos capaces de construir la unidad y la fraternidad, a la manera de Jesús, el Señor que, resucitado de entre los muertos, vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
P. Eloy de San José, C.P.
