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DOMINGO DE RESURRECCIÓN

5 de abril de 2026

¡Cristo ha resucitado! 

Es el anuncio que, desde este día estaremos escuchando continuamento. ¡Cristo ha resucitado y se ha levantado del abismo! El Padre celestial lo ha levantado del sepulcro para avalar la vida y obra de Jesús. Su resurrección es consecuencia del amor que ha sentido por la humanidad. Por amor alimentó a la muchedumbre, curó a los enfermos, perdonó a los pecadores, devolvió la esperanza a los desanimados y, al final de sus días, extendió su brazos en la cruz. Su amor es tan inmenso que no permaneció encerrado en la oscuridad de un sepulcro; nos ama tanto que está vivo y camina en medio de nosotros. Esta es la Buena Noticia que estaremos proclamando: Jesús resucitó y nos invita a vivir como seres resucitados.

 

Lamentablemente, necesitamos reconocer que muchos de nosotros, aunque aceptamos con los labios la resurrección de Cristo, con las obras decimos lo contrario. El que cree en la resurrección no puede conformarse con haberse estremecido en la noche santa al contemplar como la luz del cirio pascual iluminaba las tinieblas de la noche, ni con decir verbalmente que Cristo ha resucitado; el que cree en la resurrección debe manifestar con su vida que Jesús está vivo en medio de nosotros. 

 

Muchos sentimos la tentación de permanecer en la oscuridad del sepulcro, como María Magdalena que, el primer día de la semana fue al sepulcro para estar cerca de un cuerpo sin vida (cfr. Jn 20,1). No obstante, viendo que la roca que sellaba la tumba había sido removida y al contemplar a Jesús que la llamaba por su nombre, comprendió de inmediato que era el mismo al que habían crucificado (cfr. Jn 20,16). El amor de Cristo fue tan inmenso que no pudo permanecer en la oscuridad del sepulcro. 

 

Muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo viven con el dolor de María Magdalena, pensando en el sufrimiento del viernes santo y llorando ante el sepulcro. Esto se nota en nuestro estilo de vida pues continuamos aferrados al sepulcro de la mentira, de la envidia, de las pasiones desordenadas, de la soberbia y autoreferencialidad. La celebracion de la Pascua nos debe conducir a una vida distinta, como mensajeros de la Pascua que anuncian la resurrección, no con los labios, sino con el testimonio. En este sentido, si decimos que Jesús es la luz debemos ser luz para nuestros hermanos; si decimos que Jesús es la vida, tenemos que desterrar de nuestra historia la cultura de la muerte que se impone cada dia; si decimos que Jesús es la verdad necesitamos hacer a un lado la mentira; si decimos que Jesús nos lleva a la unidad, debemos romper con los vínculos que nos mantienen en el individualismo. Los discípulos de Jesús no deben proclamar la resurrección sólo con los labios sino con el amor en los actos concretos. Estaremos afirmando la resurrección de Cristo cuando compartamos una sonrisa sincera con nuestros hermanos, cuando pronunciemos una palabra amable, incluso a quien nos ha lastimado, cuando seamos cordiales aun en medio de la hostilidad, cuando seamos ccapaces de tender una mano para levantar al que ha caído o ayudemos al que tiene necesidad. 

 

Esto es lo que comprendieron los discípulos de Jesús: creyeron en la resurrección y anunciaron que Cristo había resucitado (cfr. Hch 34, 37-43); no sólo con palabras sino llevando a cabo las mismas obras del Resucitado. Por eso, ademas de hablar sobre este misterio, cuidaron a los enfermos, se hicieron responsables de los más pobres y construyeron una comunidad de auténticos hermanos en donde nadie pasaba necesidad pues tenían un solo corazón y una sola alma. La fe en la resurrección los llevó a vivir a la manera del Crucificado que había resucitado.

 

Que la celebración de la victoria de Cristo sobre la muerte nos anime, de modo que seamos capaces de proclamar con la palabra y con la vida que ha resuitado Cristo, el Señor, que vive y reina, inmortal y glorioso, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén. 

 

P. Eloy de San José, C.P.

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