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VI DOMINGO DE PASCUA

17 de mayo de 2026

A primera vista, las palabras pronunciadas por Jesús al despedirse de sus discípulos, parecen una verdadera contradicción. Les ha dicho que estará con ellos todos los días hasta el fin del mundo (cfr. Mt 28,20) pero, de acuerdo con la narración de los Hechos de los Apóstoles, mientras dices estas cosas, sube a los cielos ante la mirada atónita de sus discípulos, escondiéndose entre las nubes (cfr. Hch 1,9). Y desde aquella ocasión, nadie sobre la tierra volverá a mirarlo físicamente. Por eso podríamos pensar que sus palabras son una contradicción: estará con nosotros aunque no podamos verlo. 

 

No obstante, sabemos que Jesús siempre cumple sus promesas: él estará con nosotros todos los días hasta el fin del mundo (cfr. Mt 28,20), aunque no podamos verlo con el sentido corporal. Sería conveniente enfatizar en esta expresión: «Todos los días». En los días nublados cuando amenaza la tormenta y en los días soleados cuando la esperanza se reanima, el Señor está con nosotros; cuando aparece la enfermedad en la familia o en la vida personal y cuando se tiene una buena salud, el Señor está con nosotros; cuando iniciamos el día de malhumor, sintiendo que nada vale la pena, y cuando comenzamos con muchas ilusiones, el Señor está con nosotros. Su presencia será continua, no dependerá de las circunstancias adversas o favorables de la vida; él estará con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. 

 

Lamentablemente, muchos sentimos que el Señor nos ha abandonado en los momentos más críticos de la historia. Pero no es así. De hecho, tanto en la narración de san Mateo como en el Apocalipsis se describe su presencia en nuestra vida: cuando asistamos a los más necesitados, nos estaremos encontrando con él pues él ha querido compartir el destino de los que sufren (cfr. Mt 25, 31-46). Su presencia es continua e insistente: está llamando a la puerta de nuestro corazón esperando ser admitido a nuestro banquete (cfr. Ap 3,20). Si no lo reconocemos es porque nos hemos vuelto insensibles ante las necesidades de nuestros hermanos, pensando sólo en la satisfacción de nuestros intereses personales; si no lo escuchamos, es porque vivimos sometidos a los ruidos cotidianos que aturden los oídos.

 

Confiemos en el Señor que nos ha prometido estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Confiemos en él que, a pesar de haber subido a los cielos, continúa caminando con nosotros y nos acompaña en el curso de nuestra vida. Confiemos en él que nos trae la salvación y vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

P. Eloy de San José, C.P.

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