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SOLEMNE CONMEMORACIÓN DE LA PASIÓN DE JESUCRISTO

13 de febrero de 2026

Todos los seres humanos buscamos el camino que nos conduce hacia la plenitud. A todos nos interesa vivir dichosos, sentirnos bien, tener la satisfacción de hacer aquello que nos hace experimentar la felicidad. Y es una búsqueda continua pues, a pesar de que estamos expuestos a un sin número de situaciones que atentan contra nuestro desarrollo, buscamos sin cesar las vías que nos llevan hacia la auténtica felicidad. Lamentablemente, en muchas ocasiones, erramos el camino. En nuestra ansia por conquistar la plena felicidad, nos vemos encandilados por muchos caminos que, aparentemente, nos ofrecen la dicha sin medida. Y es así que, haciendo caso a la sociedad en que nos encontramos, ponemos nuestra dicha en el poder, en el placer o en el tener, valores que, de una u otra manera, la sociedad presenta como las únicas opciones viables para alcanzar la felicidad. 

 

Es así que, muchos hombres y mujeres luchan por tener la posibilidad de alcanzar el poder y el dominio sobre los otros. Se intenta conquistar una autonomía que excluye el ser con los demás pues se piensa que esto suprime la libertad y aplasta la centralidad de la propia voluntad. Vale más hacer lo que se quiere y demostrar que se tiene el poder para decidir sobre uno mismo y conquistar el éxito, incluso a costa de los demás. Y así, nos olvidamos que formamos parte de la familia humana y estamos llamados a ser responsables del bien de los demás. En el peor de los casos, cuando el afán de poder se vuelve una obsesión, no pocas veces se cae en la tentación de mirar al otro como una amenaza a los intereses personales. Y así, comienzan las luchas entre unos y otros, tratando de demostrar que en uno mismo reside la autoridad para dominar y determinar la vida de quienes nos rodean. 

 

Buscando la felicidad, muchas veces se nos presenta el placer como el camino que conduce hacia la plena autorrealización. Se busca sentirse bien, sin tomar en cuenta a los demás, e incluso, se considera a los otros como medios para alcanzar la satisfacción personal. Parece que este es un camino cada día se va haciendo más transitado: vemos que, en esta sociedad, hombres y mujeres buscan obtener el placer sensorial para sentir que están alcanzando su plena autonomía; hombres y mujeres que, argumentando el derecho a decidir sobre su cuerpo, cometen las más atroces infamias, volviéndose esclavos de numerosos vicios o de una sexualidad que no busca la plenitud del amor humano sino la mera satisfacción sensorial. 

 

En nuestra sociedad, el tener se presenta como una vía que conduce hacia la ansiada felicidad. Y es así que se nos enseña a trabajar sin límite, a estudiar hasta el cansancio y a sobresalir en aquello que hacemos. Y no es que el trabajo y el estudio sean en sí mismos un problema; evidentemente que no, el asunto es que muchas veces reducimos la vida a estos aspectos. Estudiamos mucho para tener conocimientos y desarrollar nuestras habilidades y así obtener un buen empleo; trabajamos sin descanso, sacrificando nuestro bienestar y la relación con nuestros seres queridos, únicamente para obtener un beneficio económico que nos dé la felicidad que tanto deseamos. Estamos llamados a desarrollar nuestra inteligencia y nuestras habilidades para colaborar con Dios en la obra de la creación; es decir, para enriquecer con nuestro esfuerzo el mundo en que nos encontramos, para nuestro bien y el bien de nuestros hermanos. Todos sabemos que cuando el tener se vuelve una obsesión, las consecuencias son absolutamente desastrosas: basta mirar lo que sucede en el mundo para darnos cuenta de esta realidad: hombres y mujeres que, seducidos por el dinero, se atreven a atentar contra la vida y la libertad de los demás, simplemente para enriquecer sus cuentas bancarias u obtener unos cuantos pesos. 

 

Estas situaciones, han estado presentes en toda la historia de la humanidad. Y antes como ahora, la obsesión por el poder, el placer y el tener, han representado una amenaza para la armonía humana y el desarrollo de la fraternidad. En medio de estas situaciones, conviene recordar la vocación de Pablo de la Cruz, nuestro padre y fundador. Él, mirando diversas situaciones que amenazaban al hombre, tales como la pobreza ocasionada por el afán de posesión de unos cuantos, la marginación causada por la indiferencia de quienes ostentaban el poder y aplastaban los derechos de los más vulnerables, y la búsqueda del bienestar personal, a costa de los demás, encontró en Jesús crucificado el camino hacia la auténtica felicidad. 

 

Y es que, en Jesús, pudo contemplar al Hijo amado del Padre que, habiendo renunciado a su divinidad, estaba dispuesto a entregarlo todo por sus hermanos, incluso la vida misma. Jesús renunció a sí mismo, a su vida, a una historia vivida desde los criterios humanos, sólo para buscar la salvación de sus hermanos. No se dejó llevar ni por el afán del poder, ni por la satisfacción del placer, ni por la obsesión del tener; renunció a los criterios de perfeccionamiento humano para estar totalmente disponible al cumplimiento de la voluntad del Padre celestial que siempre ha buscado la salvación y liberación humana. Por eso se mostró disponible para ser conducido en la misión que lo llevaría hasta el Calvario, donde daría su vida por la salvación de todos, convirtiéndose así, en fuente de salvación y vida.

 

La disponibilidad de Jesús a la voluntad del Padre, su absoluta libertad para tomar postura ante las aparentes vías de realización humana y su cuidado por los más desvalidos de la historia -las víctimas de la eterna cultura de la muerte y del descarte- le ocasionaron numerosos sufrimientos; mismos que él, conscientemente esperó y asumió, tal como anunció a sus discípulos mientras iban de camino de Jerusalén: el Hijo del hombre ha de sufrir mucho por causa de los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley, los cuales, lo matarán pero al tercer día resucitará. Jesús estaba dispuesto a dar la vida para dar sentido a la vida humana; estaba dispuesto a donarse a sí mismo para que el ser humano encuentre en él y en su manera de vivir, el camino hacia la auténtica felicidad. 

 

Esto es lo que pudo contemplar Pablo de la Cruz. Para él, el tremendo y escandaloso acontecimiento del Calvario no representa la derrota del mesianismo de Jesús; por el contrario, es la más clara manifestación del amor de Dios por la humanidad. La Pasión se convierte así, en el camino hacia la auténtica felicidad y, como dirá el mismo Pablo, en “el remedio a todos los males que perturban al ser humano”. 

 

Si deseamos alcanzar la plena felicidad, es necesario que, como Pablo de la Cruz, nos acerquemos al misterio de la Pasión de Jesús, dejándonos consumir en el amor ardiente que brota de su divino Corazón. La Pasión es la vía más certera hacia nuestra plena felicidad; nos hace caminar por la vía de Jesús, es decir, por el camino del amor extremo que renuncia a sí mismo por la salvación de los demás. Y en esta donación se encuentra la ansiada felicidad. En este sentido, considero que la invitación que Jesús ha hecho a sus discípulos, resulta sugerente para nuestra misma vida. Jesús les invita a caminar hacia Jerusalén, a caminar con él, incluso en medio de contradicciones, dolores y sufrimientos: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz y me siga”. Jesús caminó hacia el Calvario, después de haber hecho el bien a sus hermanos; caminó hacia el Calvario para señalar que ni el poder, ni el placer ni el tener son los caminos que conducen hacia la felicidad; sólo la donación amorosa de la vida puede dar sentido a la existencia. Y por eso, Dios lo resucitó, demostrando que su vida y testimonio no estaban destinados al fracaso sino que la vía de salvación está en el amor que se dona inmensamente por la salvación de los demás. 

 

Como Pablo de la Cruz contemplemos el misterio de la Pasión de Cristo, como la obra más admirable del amor divino; la única que nos conduce hacia la plena felicidad. Y vivamos siempre dispuestos a hacer la voluntad del Padre, amando hasta el extremo a nuestros hermanos y hermanas, tal como hizo Jesús, el Señor, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

P. Eloy de San José, C.P.

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