Renovación de votos temporales

Comunidad de San José, 

Ciudad de México

El lunes 6 de julio de 2020, memoria de Santa María Goretti, se celebró la Eucaristía en la que los Cohs. José Pablo Lara Chávez, Luis Miguel Reynoso Batista y Julio César Rondón Sánchez renovaron sus votos religiosos. La celebración fue presidida por el P. Eloy Medina Torres, Director de estudiantes y Delegado del Superior Provincial para recibir la renovación. 

HOMILÍA

Queridos hermanos, hace un año ustedes estaban profesando o renovando un compromiso establecido con Dios al concluir la experiencia del Noviciado. Y desde entonces, han vivido dedicados a servirle cada día para amarlo con mayor plenitud y fidelidad. Juntos hemos recorrido este año de adaptación y mutuo conocimiento en el que hemos intentado construir y acondicionar nuestra comunidad, dando testimonio ante el Pueblo de Dios que nos rodea de nuestro amor por Cristo Crucificado.

 

Ha sido un año en el que hemos enfrentado numerosos desafíos; un año en el que hemos tratado de dar lo mejor de nosotros para hacer más llevadera nuestra vida; un año en el que hemos asumido los estudios como parte de nuestra formación para el apostolado. Ha sido también un año totalmente diferente debido a la situación sanitaria que nos ha tocado enfrentar con toda la humanidad, la cual, ha cambiado el ritmo de nuestra vida y la forma de presentarnos ante nuestros hermanos y ante aquellos que nos rodean. Pero en medio de todo, considero que ha sido un año en el que hemos experimentado el paso de Dios a través de nuestra vida: él nos ha hablado a través de los distintos acontecimientos, en la recreación comunitaria, en la oración, en la meditación personal, en nuestras pláticas, en la mesa compartida, en las labores cotidianas y en cada momento de nuestro día. Nos ha hablado, sí. Y nosotros, como el profeta Samuel hemos respondido: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”.

 

Precisamente para dar razón de esa atención a la voz de Dios que se ha manifestado en lo cotidiano de nuestra vida, aquí están ustedes, hermanos, para renovar su compromiso con el Crucificado. Nuevamente, como aquel 11 de julio de 2015, estás aquí, José Pablo, para decirle al Señor que deseas donarle toda tu existencia en bien de su pueblo. Como aquel 9 de julio de 2016, estás aquí, Luis Miguel, para renovar tu compromiso de servir a Dios en los hermanos crucificados. Y como hace un año, Julio César, te presentas en este día nuevamente para decirle al Señor que deseas donarle lo mejor de tu ser para el servicio a los hermanos. Una vez más aquí están ustedes con el ánimo de renovar sus votos religiosos. Les pido, hermanos, les suplico encarecidamente que esta renovación no sea sólo un acto litúrgico, sino una acción que comprometa verdaderamente toda su existencia. Que por la renovación de sus votos puedan configurarse cada con Cristo Crucificado y así transmitan su presencia a todas las personas que se relacionen con ustedes. Sean obedientes como Cristo que asumió radicalmente la voluntad del Padre, incluso hasta asumir el escándalo de la cruz; sean pobres como Jesús que no hizo alarde de su condición divina sino que, asumiendo nuestra fragilidad, se identificó con cada uno de nosotros; vivan la castidad como Cristo que no se apoderó de ningún afecto sino que se mostró disponible para ofrecer su amor, atención y misericordia a aquellos que le salían al encuentro.

 

La bondad divina inscrita en el corazón de cada uno de ustedes les ha hecho sensibles para responder a la iniciativa divina que los llama a su seguimiento. Que esa misma bondad continúe impulsándolos para que su respuesta sea pronta y decidida. Sabemos bien que, en ocasiones, lo limitado de nuestra condición o la fragilidad de nuestra naturaleza nos hace desviarnos de los caminos que el Señor nos ha trazado; más aún, cuando cedemos a la tentación de no responder a las implicaciones de la vida que libremente hemos asumido. Como seres humanos estamos expuestos a la tentación de ser autorreferenciales, soberbios, envidiosos, criticones e individualistas; también se nos presenta la tentación de poseer bienes materiales para nuestro beneficio, hacer lo que nos place a costa de los compromisos o acuerdos comunitarios o dar rienda suelta a todo aquello que estimula la sensibilidad humana. Atención, hermanos; abramos los ojos para no ceder a aquello que tantas veces se nos presenta apetecible a los sentidos. Y cuando nos demos cuenta que estamos desviando nuestro camino, acudamos con valentía al desierto para encontrarnos nuevamente con Aquel que un día nos llamó y cotidianamente renueva su predilección por nosotros. Acudamos al desierto para escuchar su voz, para dejarnos seducir nuevamente por su presencia y renovar nuestra fidelidad a su llamado. Sabemos que, ante las infidelidades del pueblo de la antigua alianza, Dios le sale al encuentro, una y otra vez, para renovar su amor. Aunque el pueblo se aleje de él, él nunca cerrará los ojos ante aquellos a quienes ama. Así es Dios, hermanos: nos ofrece su perdón, su amor y misericordia aun cuando nosotros estemos empeñados en nuestras limitaciones; nos lanza al desierto para que meditemos nuestras acciones, reconozcamos nuestras vulnerabilidades y renovemos nuestro compromiso. A nosotros nos toca, cotidianamente en el desierto interior, escuchar su voz y dejarnos seducir como en aquel momento en que con claridad sentimos su llamado.

 

Me atrevo a recomendarles como hacía nuestro fundador: asistan con frecuencia al desierto interior y ahí, encuentren al Crucificado que les ama y les llama. Y quédense ahí, habitando en el Calvario, contemplando la cruz y experimentando el amor divino. Sólo de esta forma, hermanos, llevarán a plenitud su compromiso. Pues sólo estando con Jesús se puede experimentar la curación de todos los males que nos afectan y todas aquellas experiencias que nos causan dolor: la mujer del evangelio que escuchamos, con sólo tocar su manto experimentó la curación tan deseada; sólo estando con Jesús podemos encontrar la vida, renovar la vida, incluso cuando el desánimo y el desaliento se presente en nuestra historia y nos lleve a vivir en la frustración, el desencanto o en situaciones de muerte: el jefe de la sinagoga también pudo ver como su niña recuperaba la vida ante la presencia de Cristo.

 

Es Jesús, el Crucificado el único que da sentido a nuestra vida y a nuestra historia. Al renovar sus votos, hermanos, recuerden que han de transmitir la experiencia de su consagración a todos los que les rodean. Atrévanse a ser buena noticia para sus hermanos y hermanas, especialmente para los crucificados de la historia. Atrévanse a ser cada día más como el Crucificado que entrega todo por amor a los seres humanos. Atrévanse cada día a hacer realidad la vida nueva que Jesús, con su cruz y resurrección nos ha obtenido a toda la humanidad. Atrévanse, finalmente, a ser auténticos Pasionistas: contemplativos del Calvario y heraldos apasionados de la vida que brota de la Cruz de Cristo.

 

P. Eloy Medina Torres, C.P.

© Secretaría de la Provincia de Cristo Rey

Ciudad de México, año 2020

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