Ordenaciones ministeriales

Comunidad del Beato Domingo Barberi

El Pueblito, Querétaro

El sábado 10 de abril, en la infraoctava de Pascua, Mons. Fidencio López Plaza, Obispo de Querétaro, confirió el Sagrado Orden del Presbiterado a los diáconos Carlos Leonardo García Hernández y Sebastián Cruz Gómez; e incorporó al Orden los diáconos al Coh. Jonathan Emanuel Pabón Tirado. La celebración se llevó a cabo en la Comunidad del Beato Domingo Barberi, en El Pueblito, Querétaro. 

HOMILÍA

 

Su Excelencia Reverendísima, Mons. Fidencio López Plaza, Obispo de Querétaro;

P. Víctor Hugo Álvarez Hernández, Superior Provincial;

Hermanos en el ministerio ordenado;

Familiares de estos hermanos que recibirán el ministerio;

Hermanos y hermanas en Jesús resucitado.

 

 

1. Mientras celebramos la Pascua de Cristo, el acontecimiento que da sentido a nuestra vida como discípulos del Señor, nos hemos reunido en su nombre, para acompañar a estos hermanos Carlos Leonardo García Hernández, Sebastián Cruz Gómez y Jonathan Emanuel Pabón Tirado, que han sido llamados por Dios para asumir radicalmente en sus vidas la causa de Cristo. Ellos, habiendo sido seducidos por Dios, después de recorrer un amplio camino de formación en el que se han comprometido a promover la memoria de la Pasión de Jesucristo, desean ahora responder a la llamada divina para ser partícipes del sacerdocio de Cristo: sirviendo a los hermanos y amando a la manera de Jesús: hasta el extremo.

Este acontecimiento nos llena de júbilo pues constatamos como Dios, aun en medio de las circunstancias más desfavorables continúa sembrando y cultivando las vocaciones en bien de la Iglesia y de la humanidad. Y nuestra dicha se acrecienta al descubrir que, ante la iniciativa de Dios que los ha llamado por su nombre, ustedes están aquí para responder con un amor sincero que los hace entrar en total comunión con Dios; un amor absoluto que les lleva a decir como nuestro fundador: «Sólo deseo estar crucificado con Cristo»; y un amor apasionado por la causa de Cristo que no es otra cosa sino el compromiso de servir a los hermanos, especialmente a los crucificados de la historia.

 

2. Dios los ha llamado por su nombre. ¡Qué afirmación tan extraordinaria! En medio de una sociedad que se va caracterizando por su poca o nula capacidad de escucha, ustedes han sido capaces de escuchar el murmullo de Dios pronunciando su nombre. De una forma tan sutil, él ha pronunciado su nombre y ustedes han tenido la finura de escucharlo. Y, como señala el profeta Jeremías que escuchábamos en la Primera lectura, esta llamada ha resonado en ustedes desde la eternidad pues, incluso antes de formarlos en el seno materno, Dios pensaba en cada uno de ustedes.

Cuando Jeremías escuchó la llamada de Dios que lo destinaba a ser su profeta, apenas era un muchacho. Como era de esperarse, carecía de las capacidades necesarias para llevar adelante la misión que se le estaba confiando, además de que la encomienda no era una tarea sencilla: arrancar, destruir, edificar y plantar. Quizá por eso se atreve a decir: «Mira, Señor, no sé expresarme pues apenas soy un muchacho». También ustedes, como Jeremías, podrán sentir que las implicaciones del ministerio que se les habrá de conferir son sumamente arduas, en ocasiones difíciles y hasta imposible de llevar adelante; más aún cuando nos enfrentamos a una sociedad que se vuelve cada vez más hacia sí misma dejando a un lado la Buena Noticia del Reino de Dios; una sociedad donde todo parece oscuridad y sin sentido; donde se ha perdido la capacidad de escuchar por defender únicamente los intereses personales aun a costa del bien común; una sociedad marcada por la creciente violencia que ha vestido de luto y temor a numerosas familias; una sociedad dolida por la falta de oportunidades, por la injusticia y la marginación social; una sociedad que atraviesa los efectos de la pandemia del coronavirus que ha afectado todos los ámbitos de la vida humana. Ante este panorama, también ustedes podrían responder como Jeremías: «Mira, Señor, que no sé expresarme. Mira que no encuentro la manera de llevar adelante la misión que me has confiado. Mira que no tengo los recursos ni los dotes necesarios para transmitir esperanza». Y, sin duda, como a Jeremías, también el Señor que los llamó por su nombre desde antes de formarlos en el seno materno, les responderá: «No tengas miedo. Yo estoy contigo para protegerte».

Si Dios los ha llamado, él les irá dando cuanto necesiten para llevar adelante el ministerio que ha de confiarles; aun en medio de la adversidad. Él estará siempre con ustedes para cuidarlos. Y ustedes, estén siempre con él; búsquenlo continuamente en la oración, en la meditación personal y comunitaria. Que nunca falte la oración en su vida como diácono y presbíteros. Este será uno de los compromisos que públicamente habrán de adquirir cuando sean interrogados por el Obispo: conservar y acrecentar el espíritu de oración (en el caso del diácono) y orar continuamente (en el caso de los presbíteros).

 

3. Queridos hermanos, por el ministerio que les será conferido, ustedes estarán llamados a edificar el Pueblo de Dios. Escuchamos en el libro de los Hechos de los apóstoles que, después de la elección de los siete diáconos dedicados a la administración de los bienes de la primitiva comunidad cristiana, en Jerusalén se multiplicaba grandemente el número de discípulos.

De acuerdo con el relato, podemos afirmar que al interior de la comunidad cristiana, se dieron diversos problemas debido al descuido que se dio en la atención de la caridad. No obstante, más allá de que esto ocasionara un distanciamiento o la división de la primitiva comunidad, los discípulos, puestos en oración, impusieron las manos a siete hombres, escogidos de entre la comunidad, para desempeñar el servicio caridad cotidiano.

Hermanos, el ministerio que les será conferido, como diácono o presbíteros, no es para vivirlo de manera exclusiva, pensando únicamente en ustedes mismos, de manera autorreferencial. Es un ministerio que a de abrirlos a la comunidad cristiana: a los más necesitados como destinatarios de la misión, pero también a los demás ministros de la Iglesia. De acuerdo con el testimonio de los Hechos, la multitud de discípulos estrechó vínculos de colaboración con los apóstoles buscando el bien de la entera comunidad cristiana; no hicieron un cisma, más bien, buscaron la manera de hacer un trabajo colaborativo.

Busquen siempre la unidad. Desempeñen su ministerio en comunión con el Obispo diocesano y con el presbiterio de las diócesis a las que sean enviados. Y recuerden también que, como miembros de una familia religiosa, están llamados a ejercer su ministerio no a título personal, sino en nombre de ella, buscando siempre la edificación y santificación del Pueblo de Dios. Para ello, deberán atender las orientaciones, envíos y encomiendas, dadas por el Obispo diocesano y el Superior legítimo. Este será otro de los compromisos que libremente estarán adquiriendo cuando sean interrogados: obediencia y respeto al Obispo diocesano y a su Superior legítimo.

 

4. Para concluir, quisiera dirigir una palabra al elegido diácono y a los elegidos presbíteros.

Querido hermano Jonathan. Al recibir el Orden diaconal, tu vida deberá tener como característica el amor de Dios, ese amor que un día te sedujo y te ha traído hasta aquí. Desde amor, atrévete a ayudar, bendecir, cuidar y curar a todos los que encuentres en el camino. Sé misericordioso, de modo que con tu diaconía todos podamos experimentar la presencia viva del amor de Dios. Recuerda el testimonio de Jesús, el servidor por excelencia, que se insertó en el mundo para revelar la ternura del Padre, llenando de alegría y esperanza a tantos hombres y mujeres que lo buscaban. Con su trato, cambió la vida de muchos que se veían totalmente excluidos; al acercarse a ellos, les recordó que tenían dignidad. Y a nosotros nos enseñó la necesidad de hacernos servidores los unos de los otros. No olvides que deberás vivir el ministerio en la mesa de la Palabra, de la Eucaristía y de la caridad. Antes de acercarte a la Mesa de la Palabra, medita el contenido de la Escritura dejando que Dios te mueva tu corazón… Al servir en la Mesa eucarística, recuerda que te encuentras ante la presencia real de Jesucristo, ante quien toda rodilla ha de doblarse… Al servir en la mesa de la caridad, recuerda que estás sirviendo al mismo Cristo pues, como decía nuestro fundador, en la frente de los más pobres está escrito el nombre Santísimo de Jesús.

Queridos hermanos Carlos Leonardo y Sebastián. Ustedes han recorrido el camino de su formación al ministerio ordenado porque se han enamorado de Cristo. El Orden del Presbiterado que les será conferido hará que el amor que ustedes tienen por Cristo se identifique con el amor que él tiene por ustedes. Y de este modo, comenzarán a actuar In persona Christi. Por esta sublime identificación estarán llamados a tener los mismos sentimientos de Cristo. Desempeñen el ministerio que se les confía con alegría y entusiasmo, con humildad, sabiduría y bondad; nunca queriendo dominar o imponerse sobre los demás, sino viviendo como Jesús, el buen Pastor que da la vida por sus ovejas; dispuestos siempre a apacentar el rebaño que se les confíe; sanando a los corazones heridos; curando a quienes viven oprimidos por la enfermedad y el sin sentido; iluminando a quienes se sienten perdidos en la problemática de nuestro mundo; perdonando a cuantos viven cansados por la culpa y el error. Como presbíteros, recibirán la encomienda de presidir la Asamblea eucarística, ejercer el ministerio de la reconciliación, enseñar la verdadera doctrina y ser colaboradores de nuestros Obispos. En el día de su ordenación, les pido que recuerden las palabras que nuestro fundador dirigiera al P. Antonio Pastorelli, en el mismo día de su ordenación: «Por la ordenación, estás obligado a ser un verdadero imitador de Jesucristo. Debes aprender, en la celebración de cada día, las disposiciones santísimas de Jesucristo, especialmente la humildad de corazón, la obediencia, la mansedumbre y la perfecta caridad con Dios y con el prójimo. Acostúmbrate a celebrar los sagrados misterios con una gran preparación, con santidad de vida y con la acción de gracias fervorosa y prolongada. Sé amante de la oración, vive el recogimiento y la soledad interior. Y celebra con devoción, como si fuera la última vez».

 

5. Que San José, modelo de obediencia y docilidad al Señor, nos acompañe con su intercesión.

 

P. Eloy Medina Torres, C.P.