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MIÉRCOLES DE CENIZA

14 de febrero de 2024

Cuaresma: tiempo de reconciliación

 

Un tiempo de gracia

 

Con el gesto de la imposición de la ceniza comenzamos la santa Cuaresma, un tiempo en que los cristianos católicos nos disponemos a preparar el corazón para la celebración del sagrado Triduo Pascual en el que hacemos memoria del Señor muerto, sepultado y resucitado. 

La ceniza es un signo que nos recuerda lo efímero de las cosas, pues hasta el mismo hombre regresará al polvo del que fue formado; pero a la vez es signo del recomienzo de las cosas, pues algo que ha sido consumido por el fuego y reducido a cenizas no desaparece del todo, sólo se transforma en una nueva realidad incluso capaz de dar vida (algunas personas usan la ceniza de la madera en abono rico para las plantas del jardín). 

 

La Cuaresma dura cuarenta días por diversos motivos. El número cuarenta es muy significativo en la Sagrada Escritura, pues representa purificación, renovación y discernimiento; encontramos el caso del pueblo de Israel que durante cuarenta años caminó por el desierto, purificando su corazón de sus desobediencias hacia el Señor, para así poder entrar renovado en la tierra prometida (Num 21); el mismo Señor Jesucristo se adentró durante cuarenta días en el desierto para encontrarse con el Padre y discernir el camino para realizar su misión salvadora (Lc 4, 1-13).

Entonces, más allá de ver la cuaresma como un tiempo difícil, de privaciones y penitencias, debemos abrazarla como un don, una gracia y una oportunidad que Dios nos da de convertirnos de nuestras faltas y recomenzar con una nueva actitud nuestro camino de fe. Por ello, al sernos puesta la ceniza en la se nos recordaban las palabras de Jesús: “Conviértete y cree en el Evangelio”. 

Déjense reconciliar 

La liturgia de la Palabra de este día contiene tres lecturas, las cuales en su conjunto nos hablan del espíritu de la Cuaresma: la reconciliación. 

 

En la primera lectura, el Profeta Joel (2, 12-18) nos invita a acercarnos con confianza a Dios “que es rico en misericordia y clemencia, lento a la colera y rico en piedad”; partiendo de esta idea, la lectura es una proclama del tiempo de gracia, en el cual, a través de los signos exteriores de penitencia, el pueblo está invitado a manifestar su arrepentimiento y reconciliarse con Dios. 

Por su parte, el apóstol Pablo (2Cor 5, 20-6,2) nos exhorta a reconciliarnos y a ser agentes de reconciliación, pues nosotros que en el amor de Cristo hemos recibido el perdón de Dios, no podemos ser indiferentes ante el alejamiento de los hermanos, debemos replicar la actitud de Dios y abrirnos también a la posibilidad de reconciliarnos con aquellos de quien nos hemos alejado. 

Finalmente, Jesús en el Evangelio (Mt 5, 1-6.16-18) pondrá atención en la sinceridad de nuestros para que nuestra reconciliación sea autentica, e insistirá en la necesidad de no buscar un beneficio al margen de encontrarnos con Dios y reconciliarnos con Él.

Penitencia, caridad y oración 

A partir de este último texto de la Palabra de Dios, la Iglesia en esta cuaresma nos invita a vivir tres acciones por las cuales nos podemos reconciliar con Dios, con los hermanos y con nosotros mismos.

La penitencia se constituye por acciones que nos ayudan a purificar nuestros deseos, intenciones, acciones, afectos, etc. Es necesario comprender que no son actos que nos lleven a sufrir: Dios no pretende que sus hijos sufran, son actos que pueden causarnos incomodidad, pero que tienen por principio llevarnos al bien. La penitencia tiene como motor la virtud teologal de la esperanza: por medio de ellos esperamos que con la ayuda de Dios podamos llegar a ser mejores.

La caridad se constituye por actos de amor al prójimo que nos ayuden a reconocer la bondad y la presencia de Dios en cada persona. La caridad no es simplemente dar, es primordialmente compartir; no podemos quedarnos simplemente en dar una limosna que acalle nuestra conciencia, sino en la solidaridad que nos lleva a acompañar a quienes nos rodean en sus procesos de vida. La caridad tiene como principio la virtud teologal del amor: pues el amor no se queda en el sentimiento sino que se expresa en actos concretos. 

La oración se constituye del trato con Dios para crear una relación personal con Él. No consiste solamente en dedicar sólo ciertas palabras, momentos o espacios para tener contacto con Él, primordialmente se trata de entablar una relación permanente que nos lleve a descubrir que Dios se encuentra presente en todo lugar y momento y que podemos por ello reconocerlo en sus múltiples manifestaciones que nos ayudan a descubrir su amor y su voluntad. La oración es motivada por la virtud teologal de la fe: confiamos que Dios nos acoge y escucha con amor

Las tres acciones no son independientes, se van interconectando. Por ejemplo: podemos desarrollar ciertos apegos insanos a cuestiones materiales (bebidas, alimentos, narcóticos, etc.) que nos van causando al paso del tiempo enfermedades; lo mismo ocurre con cuestiones inmateriales (sentimientos negativos, pasatiempos, etc.) que nos van alejando de los demás llevándonos al aislamiento. 

 

Estos apegos insanos se pueden vencer, una vez reconocido su carácter negativo a través de la penitencia. En la cuaresma usamos el ayuno o abstinencia de alimentos, bebidas, dulces, frutas, que nos son placenteros para recordarnos que aunque son importantes no son lo primordial: no sólo de pan vive el hombre sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios; pero también podríamos ayunar de otras cuestiones que nos van distrayendo de lo esencial de la vida: las redes sociales, la televisión, los videojuegos, etc. 

Nuestro ayuno, a manera de penitencia, tendrá primero que ayudarnos a ordenar nuestros apegos desordenados, pero a la vez nos impulsa a la caridad, porque el fruto de nuestras privaciones se puede compartir con quienes tenemos alrededor, sea los bienes materiales (quizá tu ayuno de refrescos, carne, dulces, se refleje en un ahorro monetario que después podrás entregar a alguien que pasa necesidad) o los inmateriales (el tiempo que no ocupes en las redes sociales o la televisión puedas invertirlo conviviendo con tu familia, tomando un curso o talles que te ayuden a formarte, lo dediques al estudio de la Palabra de Dios) y esto a la vez se convertirá en una bella oración que seguramente Dios recibirá con mucho agrado, y que además hará que crezcas un poco en tu fe y en tus valores humanos.

 

Finalmente, convertirse no es cuestión de unos días, no se logra de la noche a la mañana, implica un proceso de meditación y actuación, reconocer lo que nos provoca mal y tomar acciones que nos ayuden a mejorar. La cuaresma no es un tiempo mágico de conversión, pero sí puede ser el tiempo de gracia en el que puedas comenzar a cambiar, haciéndolo de forma permanente y progresiva hasta llegar a la santidad. 

 

Para tan gran labor no estas solo, tienes por un lado la asistencia del Espíritu Santo y la compañía de la Iglesia que nos transmite la Gracia del Señor Jesucristo por medio de los sacramentos, particularmente de la Reconciliación y la Eucaristía. Por eso, si fallas en el intento no puedes quedarte caído, siempre debes levantarte y recomenzar de nuevo.

 

Oremos juntos para que el Señor nos conceda reconocer en la Cuaresma ese tiempo de Gracia en que nos manifiesta su amor y perdón: 

 

Padre bueno, nos ponemos en tus manos al inicio de esta Cuaresma, para que hagas de nosotros lo que tú quieras porque tú sabes lo que más nos conviene y necesitamos; sea lo que sea, te damos las gracias por este tiempo cargado de oportunidades, de posibilidades de liberación, de misericordia y de perdón, por este tiempo de llamadas de atención y de proyectos. Queremos aceptar todo lo que venga de ti con tal de que se cumpla en cada uno de nosotros, en nuestras comunidades cristianas y en todas tus criaturas, tu voluntad. No deseamos nada más, Padre. Te confiamos nuestro corazón y nuestras manos y nos comprometemos a ayunar de nuestros excesos que nos hacen tan insolidarios; a orar para poder mirar la vida y las cosas más allá de nosotros mismos; a ser caritativos, es decir, a gritar que nada es “mío” porque lo nuestro es la fraternidad. Padre, nos ponemos en tus manos sin medida, con infinita confianza: llévanos al desierto, acompaña nuestro discernimiento, cólmanos de esperanza, muéstranos tu misericordia y acógenos sin reservas porque Tú eres nuestro Padre. Amén

Coh. Daniel de la Divina Misericordia, C.P.

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