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Institución de ministerios eclesiales

Coh. José Pablo Lara Chávez, C.P.

Comunidad de San José

Ciudad de México

El martes 1 de febrero, el P. Eloy Medina Torres, C.P., delegado por el Superior Provincial, confirió los ministerios de Lectorado y Acolitado al Coh. José Pablo Lara Chávez, como parte de su proceso de formación al ministerio ordenado. La celebración se llevó a cabo en la Comunidad de San José, en la Ciudad de México, estando presentes los estudiantes de Teología y los padres Guillermo Castillo Delgadillo y Clemente Olvera Guerrero, Párroco de la Parroquia del Espíritu Santo y Señor mueve corazones. 

HOMILÍA

Saludo a todos los hermanos que se han unido a esta celebración, tanto los que se encuentran en esta capilla de la Comunidad de San José, sede del Estudiantado de Teología, de nuestra Provincia, como a aquellos que, a través de los medios electrónicos se han conectado para orar y acompañar a nuestro hermano José Pablo Lara, que será instituido en los ministerios laicales, como parte de su formación a la vida sacerdotal.

Antes de referirme a estos ministerios, quisiera comentar la Palabra de Dios que hemos escuchado (2 Sm 18, 9-10. 14b. 24-25a. 31-19,3; Sal 85, 1-6; Mc 5, 21-43), tomada del leccionario ferial pues nos presenta dos actitudes necesarias para nuestra vida: la caridad para con el prójimo y la fe en Dios.

 

Desde hace unas semanas, al iniciar el tiempo ordinario, los relatos de la Escritura de la celebración cotidiana nos han llevado a conocer los inicios de la monarquía en Israel. Ahora, después de haber leído la historia de David, nos encontramos prácticamente en el desenlace de su vida, en un momento sumamente crucial debido a la sucesión del reino, cuando incluso uno de sus hijos, seducido por el poder, levanta la mano contra David para convertirse en el único soberano. No obstante su rebeldía, David no quiere enfrentarse con su hijo e incluso, prohíbe a sus capitanes que le hagan daño; no obstante, uno de ellos desobedece y le arrebata la vida atravesándole el corazón.

La historia de David, ciertamente, está llena de traiciones, asesinatos y deslealtades, tanto en el seno de su familia como a en su entorno inmediato. Y es que la lucha de poder corrompe el corazón del hombre, lo deshumaniza, fractura sus relaciones habituales y atenta contra la fraternidad. 

Quisiera rescatar la actitud de David que, ante la hostilidad de su hijo, no desea hacerle daño. Por el contrario, desea salvar y custodiar su vida a cualquier costo, lo cual, me parece que es una expresión de la caridad por el otro; una actitud tan necesaria en nuestro tiempo, sobre todo, al darnos cuenta que vivimos en una sociedad que tiene como característica común el desinterés por los demás. Parece que nos resulta más sencillo buscar únicamente el bien personal aun a costa del bien común, situación que, lamentablemente encontramos, incluso, en el seno de muchas familias cuando pensando sólo en el bien personal se sacrifica la armonía y el sano desarrollo del resto de sus miembros.

Es indispensable, hermanos y hermanas, que cada día nos esmeremos por hacer de la caridad y el cuidado del otro, la característica de nuestra vida.

 

Además de la caridad, estamos llamados a desarrollar una auténtica fe en Dios. El Evangelio que hemos escuchado nos presenta dos signos milagrosos, en dos personajes distintos pero unidos con un elemento común: la fe en Jesús, el Mesías de Dios.

Por un lado, nos encontramos con Jairo, uno de los jefes de la sinagoga que se acerca a Jesús para pedir, explícitamente, que cure a su hija moribunda. Por otro lado, se nos habla de una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, la cual, se acerca calladamente a Jesús, como tratando de no ser vista pero con la esperanza de encontrar la ansiada salvación. Los dos se acercan a Jesús con una fe firme que los lleva a superar los obstáculos sociales que los separaban de Jesús: seguramente Jairo no tendría facilidad para acercarse a Jesús pues, las miradas condenatorias de los fariseos y las autoridades religiosas estarían sobre él, como de hecho ya estaban sobre Jesús; y la mujer, al ser impura por su enfermedad, tendría prohibido acercarse a nadie pues con su sola presencia podría contaminar la vida de los demás. Sin embargo, los dos, movidos por la fe pasan superan las dificultades para buscar el remedio a su necesidad: la niña estaba muriendo y la fortuna de la mujer se había terminado en vanos intentos.

Curiosamente, el relato nos señala que la situación de estas dos personas se complicó de forma inesperada: la niña murió y la mujer fue descubierta. Ante tal situación la fe podría comenzar a quebrantarse, pero Jesús, los invita a mantenerse firmes en la fe: «No temas, basta que tengas fe», le dirá al jefe de la sinagoga, y a la mujer: «Tu fe te ha curado; vete en paz».

Muchas veces a nosotros nos sucede lo mismo. Cuando nos enfrentamos a la adversidad buscamos todos los caminos de solución, olvidándonos que el primero a quien hemos de recurrir es Jesús, el Mesías; no para que solucione las crisis por las que atravesamos sino para que nos dé la fuerza necesaria para salir adelante y la sabiduría para tomar las mejores decisiones. Necesitamos aquella fe del jefe de la sinagoga y de la llamada «hemorroísa» para acercarnos valientemente a Jesús y manifestarle nuestra necesidad. Y si las cosas empeoran, no nos desanimemos sino que continuemos confiando. La hija de Jairo murió y Jesús le dijo: «No temas, basta que tengas fe». La mujer hemorroísa quedó al descubierto como tanto temía y sin embargo, encontró las palabras más dulces de consuelo: «Tu fe te ha curado, continúa en paz». Se trata, hermanos y hermanas, de mantenernos firmes en la fe, incluso, cuando las cosas no sean como nosotros quisiéramos.

 

Quisiera ahora referirme a nuestro hermano José Pablo que será instituido como lector y acólito, conforme al Ritual establecido para esta ocasión.

Hemos de señalar que la Santa Madre Iglesia ha considerado sumamente oportuno que aquellos que, experimentando la llamada de Dios para consagrarse sólo a Él mediante el ministerio sacerdotal, antes de ser admitidos a las órdenes sagradas, sean instituidos como lectores y acólitos.

 

El ministerio de lector tiene como misión proclamar la Palabra de Dios, ayudar en la educación de la fe y anunciar a todos los hombres la Buena Nueva del Evangelio. Predicar la Palabra es y será siempre una de las tareas primordiales de la Iglesia, más aún, de aquellos que como tú, públicamente nos hemos comprometido con la causa del Reino. Esto implica una seria preparación, conociendo a profundidad la Sagrada Escritura y teniendo en cuenta que ella contiene la Palabra de Dios revelada y transmitida a la humanidad. Ser ministro lector no sólo significa colocarse en el ambón para leer en la Santa Misa; significa, sobre todo, tener gran familiaridad con la Palabra de Dios. No basta conocer su aspecto lingüístico o meramente exegético, que también es importante; el ministro lector debe acercarse a la Palabra con un corazón dócil y orante para que ella penetre a fondo sus pensamientos y sentimientos y engendre dentro de sí una mentalidad nueva (EG 149). No se trata sólo de leer sino de proclamar con la vida. Importa mucho que sepas proclamar con claridad, ritmo adecuado y buena dicción el texto inspirado por Dios; pero importará mucho más que proclames la Palabra con la coherencia de tu vida, conforme a tu vocación de discípulo de Cristo.

 

El ministerio del acólito tiene como misión auxiliar a los presbíteros y a los diáconos en el servicio del altar y distribuir como ministro extraordinario la Sagrada Comunión llevándola a los enfermos cuando sea necesario. Como acólito instituido, deberás aprender y cuidar todo lo relativo al culto público, tratando de captar su sentido íntimo y espiritual, de modo que puedas ofrecerte diariamente a Dios, siendo para todo su pueblo un claro testimonio de santidad y devoción ante el misterio de Dios; además, con sincero corazón, deberás sentirte cercano al cuerpo místico de Cristo, especialmente a los necesitados y enfermos (cfr. Ministeria Quaedam, VI)

 

Si bien es cierto que estos ministerios los habías desempeñado desde el inicio de tu formación a la vida religiosa, ahora, al ser oficialmente instituido en estos ministerios, tienes que vivirlos como una misión especial que la Iglesia te confía. Te recomiendo, estimado José Pablo, que vivas estos ministerios teniendo como referencia fundamental el misterio de la Eucaristía. Recuerda que este sacramento es el centro de la vida cristiana; es un sacrificio redentor, banquete de amor, comunión, signo de fraternidad, acción de gracias, presencia real de Jesús crucificado y resucitado. Sé un fiel servidor de la Eucaristía. Que la Palabra proclamada lleve a tus interlocutores a reconocer a Cristo que «nos explica las Escrituras y parte para nosotros el pan». Y cuando ayudes en el altar, que tu presencia y devoción nos ayude a todos a centrar nuestra mirada en Jesús que, en la noche de su Pasión decidió quedarse como alimento.

 

Que María Santísima, nuestra Madre, y la intercesión de san Pablo de la Cruz te acompañen en la vivencia de los ministerios que esta noche te serán conferidos y orienten tu caminar formativo hasta el día en que, con tus manos, como sacerdote de Cristo, ofrezcas sobre el altar el sacrificio eucarístico.

P. Eloy Medina Torres, C.P.