Visita del Icono Conmemorativo

a la Comunidad de San José,

Ciudad de México

Del 10 al 12 de marzo, los religiosos de la Comunidad de San José, en la Ciudad de México, vivimos un momento particular de gracia por la visita de la reliquia de San Pablo de la Cruz y del Icono conmemorativo por los trescientos años de fundación Pasionista.

Las insignias llegaron a nuestra casa hacia las 13.00 hrs., del martes 10 de marzo, procedentes de la Comunidad de la Santa Cruz, Filo de Caballos, Gro. Fueron traídas por el Superior de dicha Comunidad, P. Mario Felipe Quiroga. Por la tarde, celebramos la Eucaristía acompañados por algunos laicos y religiosas.

Por la tarde del miércoles 11, compartimos con los laicos la catequesis: "Pablo de la Cruz, contemplativo del Calvario", la cual, estuvo dividida en dos segmentos: los principios fundamentales de la doctrina de Pablo Danei y la necesidad de hacer memoria de la Pasión de Jesucristo. Terminada la catequesis, rezamos con los laicos el Rosario de las cinco llagas y posteriormente, tuvimos un momento de convivencia fraterna. Por la tarde del jueves 12, habiendo invocando la intercesión del Fundador, llevamos las insignias a la Parroquia del Espíritu Santo y Señor mueve corazones. 

Compartimos, a continuación, la homilía pronunciada en la Eucaristía de recepción del Icono conmemorativo:

Homilía

Hace trescientos años, movido por Dios, Pablo Danei sintió la inspiración de retirarse a la soledad, llevando una túnica elaborada con la lana más burda, andar descalzo, vivir en estrechísima pobreza y hacer vida de penitencia. También le vino otra inspiración: la de reunir compañeros para vivir con ellos promoviendo en las almas el santo temor de Dios. Queriendo llevar adelante la misión que Dios le estaba encomendando, se encaminó hacia la iglesia de los Padres Capuchinos, en Castellazzo, para recurrir a la dirección espiritual. Y un día, al salir de su mediación espiritual, se vio en espíritu vestido de una túnica negra que llegaba hasta la tierra, con una cruz blanca sobre el pecho y bajo la cruz, escrito el Nombre Santísimo de Jesús en letras blancas. Esta visión comenzó a darle sentido a lo que sería el futuro de su existencia pues, además de esto, cada día se hacía más sólido el impulso de reunir compañeros para fundar, con la licencia de la santa madre Iglesia, una Congregación titulada “los Pobres de Jesús”. Este es el acontecimiento que los Pasionistas en todo el mundo estamos celebrando: trescientos años de que nuestro fundador, el mínimo siervo del Altísimo, se mostró disponible para cumplir la voluntad divina. Resulta interesante lo que el mismo Santo refiere en la conclusión de su Diario Espiritual: reunir compañeros con la licencia de la Santa Madre Iglesia.

Pablo tiene la certeza de que todo cuanto está experimentando proviene de la Providencia divina. Pero no desea emprender solo el camino sino que se hace acompañar del ministro cualificado por la santa Madre Iglesia para discernir la voluntad de Dios. Es así que, habiendo experimentado estas mociones, recurre a la dirección de Mons. Francisco Arboreo de Gattinara, Obispo de Alessandria quien, habiéndolo escuchado, lo envía a vivir un retiro de cuarenta días en la sacristía de la Iglesia de San Carlos, en Castellazzo. Ahí, dedicado a la oración, irá confirmando las divinas revelaciones y escribirá las forma de vida para el naciente Instituto. Ahí también, se encontrará con quien fue la pasión de su existencia: Cristo Crucificado.

Y a partir de este descubrimiento, toda su existencia estará centrada en la contemplación de Jesús Crucificado. Para él no existirá riqueza ni seguridad alguna sino la cruz de Cristo. Con su oración y sus palabras estará haciendo realidad las palabras que San Pablo apóstol dirigió a los Gálatas: “estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí”. Por eso recomendará continuamente a sus dirigidos espirituales la necesidad de contemplar los sufrimientos de Cristo para transformarse cada día en él; sólo en el misterio de la Pasión, el ser humano puede experimentar el consuelo tan deseado, en medio de los problemas y dificultades cotidianos. Así lo dirá a don Tomás Fossi: “la memoria de la pasión santísima de Jesucristo y la imitación de sus virtudes es la puerta que conduce al alma a la íntima unión con Dios, al recogimiento interior y en la más sublime contemplación”. Y en otras cartas, repetirá con insistencia lo recomendable que es contemplar los misterios de la Pasión de Jesucristo para descansar, escondidos, entre sus llagas. La contemplación asidua de este misterio de salvación provocará que el alma sea capaz de renunciar a los vanos placeres, quedando entonces crucificada con Cristo; viviendo en el mundo pero desde la identidad de Cristo.

Pablo manifestó siempre este amor a la Pasión de Cristo. Y lo hacía, tanto en la oración personal, como en la oración litúrgica dentro del retiro, y en las misiones que predicaba. Su palabra, quedaba siempre subordinada a la sabiduría divina manifestada en la Pasión de Cristo. Esta fue su carta de presentación y el contenido de su doctrina espiritual. Podemos constatar este apasionamiento al recordar que en todas las misiones, había un momento dramático en el que Pablo hablaba al Crucificado como se le habla al amigo íntimo que sufre por nosotros. Este apasionamiento, como registran los biógrafos del fundador, consiguió la conversión de muchos pecadores.

Aun cuando la experiencia carismática de Pablo desconcertó a muchos en su tiempo, sea por la tierna dureza de sus palabras o la radicalidad de su vida, el Crucificado fue siempre la fuente de su esperanza. Fortalecido con la contemplación del misterio de la cruz, tuvo la capacidad de llevar adelante la obra que Dios le había encomendado. En este sentido, podemos reconocer que Pablo pudo hacer realidad en su vida la dicha de saberse cumplidor de la voluntad divina a pesar de la incomprensión. Seguramente, en más de una ocasión, elevó a Dios la misma plegaria de Jesús ante la incredulidad y la cerrazón de Corozaín y Betsaida: “¡Gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por qué has revelado los misterios del reino a la gente sencilla!”. En medio de las críticas y dificultades para llevar adelante la fundación de esta pobre Congregación, Pablo mantenía firme su espíritu pues tenía la certeza que era Dios mismo quien le estaba inspirando y Jesús, el Mesías Crucificado, su más grande consuelo y esperanza.

Nosotros, los Pasionistas, a trescientos años de fundación, queremos renovar nuestra misión recordando la experiencia carismática de nuestro fundador. Como Pablo de la Cruz, deseamos ser buena noticia para la humanidad, especialmente para aquellos hermanos y hermanas que, debido a la incomprensión y al sufrimiento, se han asociado más íntimamente a la Pasión de Jesucristo. Esta es nuestra fiesta, es nuestra celebración. Que la presencia carismática de nuestro fundador, representada en estas insignias, nos impulse a vivir crucificados con Cristo, manifestando el amor que es capaz de entregar, incluso la misma vida.

¡San Pablo de la Cruz, nuestro padre, interceda por nosotros!

P. Eloy Medina Torres, C.P.

Comunidad de San José, Marzo de 2020

© Secretaría de la Provincia de Cristo Rey

Ciudad de México, año 2020

  • Facebook