7 de enero de 2020

Misa para invocar el Espíritu Santo

Presidente:           P. Rafael Vivanco Pérez, C.P.

Concelebrantes:   P. Miguel Ángel Villanueva Pérez, C.P.

                             P. Alejandro González Puente, C.P.

Lecturas: Hch. 8,5.9.12-14.18-25; Sal 130; Mc 3,13-19

HOMILÍA

La Palabra de Dios que hemos escuchado, la liturgia que estamos celebrando, el trabajo de este día en el Capítulo Provincial, nos vuelven a lo más primero de nosotros, a nuestro origen, a lo esencial de nuestra vida humana y cristiana. Lo esencial es que somos llamados a seguir aJesús, antes que cualquier otra cosa somos seguidores de Jesús: él lo ha querido así; no hemos tenido que pagar como pretendía Simón, el Mago, en el libro de los Hechos de los apóstoles, para recibir el don de Dios. No hemos tenido que merecerlo, es un don gratuito que Él ha querido compartir con todos nosotros y con muchas personas más.

 

Y en este llamado nos reconocemos invitados a vivir con Él, en comunidad, haciendo comunidad. Nos vemos y reconocemos como enviados y en misión porque si vivimos con Él entonces su misión pasa a ser nuestra misma misión, nuestra misma tarea. Y nos llama a ser sus testigos para compartir con los demás nuestro testimonio; más que maestros el Señor nos envía como testigos. Y nos ha llamado dentro de una grande diversidad, como en aquella comunidad apostólica donde había poco de todo: cobradores de impuestos, pescadores, etc. Somos una grande diversidad. 

Me parece que es muy importante sentirnos llamados para ser la comunidad del Reino. Donde cada uno de nosotros tiene un sitio particular que nadie más puede ocupar. Cada uno de nosotros ha de tomar conciencia de nuestro llamado, conciencia de nuestro ser en comunidad; cada uno de nosotros ha de ir descubriendo ese sitio, esa presencia única e irrepetible que tenemos dentro de la comunidad; cada de nosotros tiene un liderazgo único y particular dentro de la comunidad. Cada uno tiene una manera de particular de contribuir al bien común. Y esto es don de Dios.

 

Pero también observamos como Pedro encabeza a la comunidad con su nuevo nombre y con el ministerio de servicio en la caridad. Encabeza, es decir, está al servicio de la comunidad. Y esto nos hace pensar cómo dentro de la comunidad se van ejercitando diversos ministerios para que la comunidad logre sus objetivos.

 

Hoy también, la Provincia de Cristo Rey requiere de un nuevo liderazgo en el servicio; requiere de un equipo que busque, particularmente y en comunidad, el bien común de la Provincia, en la Iglesia y para el mundo. Hoy nos sentimos todos interpelados y nos cuestionamos: ¿Quiénes pueden ser las personas que asuman este servicio de animación a la comunidad provincial para llevara delante las orientaciones que ha estado dando el Capítulo para los próximos cuatro años? No se trata de elegir a unos y desentendernos los demás; por eso lo primero que hemos de tener en cuenta es el propio liderazgo, de manera que aquellos que hoy sean elegidos cuenten con mi liderazgo aunque no esté en alguno de los servicios de animación. Por eso meditemos: ¿cuál es el liderazgo que la Provincia necesita para este tiempo en particular? ¿Cómo me incluyo en este liderazgo? Antes de hacer la elección deberíamos preguntarnos: ¿Me elijo a mí mismo? ¿Me incluyo en los ministerios que debemos ir desempeñando? ¿Soy capaz de ir colaborando con los demás para que nuestro objetivo como Provincia en la Iglesia y en el mundo se lleve a cabo? ¿Pongo al servicio de la Provincia mis cualidades y liderazgo para colaborar con quien resulte elegido para este servicio particular? Desde el liderazgo propio que cada uno debe ir desempeñando seguramente podríamos hacer algo para que la Provincia pueda ser un signo del Reino en México, República Dominicana, en la Iglesia y en el mundo. 

P. Rafael Vivanco Pérez, C.P.

Consultor General y Presidente del Capítulo

Comunidad de los Santos Juan y Pablo

Roma, Italia

6 de enero de 2020

Misa por los enfermos y nuestros hermanos difuntos

Presidente:           P. Guillermo Castillo Delgadillo, C.P.

Concelebrantes:   P. Pablo Rubio Pérez, C.P.

                             P. Octavio Mondragón Alanís, C.P.

Lecturas: 1Cor 1, 26-31; Sal 61; Mc 4, 26-29

HOMILÍA

La celebración tiene una vertiente fundamental: la celebración de la vida en Mariano (P. Mariano Ambrosini, fallecido el 12 de marzo de 2017) como un acto y en Efraín (P. Efraín Larrauri Rodríguez, fallecido el 9 de octubre de 2020), con esa mirada, en otro acto. Dijo Diódoro de Tarso: "Los muertos temen nuestro fracaso". Los muertos no están tan muertos: ven, nos ven y temen nuestro fracaso porque la vida de la que ellos están participando no es una vida estrecha; es una vida amplia, como acto o como perspectiva, como sea, pero real. Como dijo alguien: "No es normal que un maestro entierre a su alumno". Eso no es normal, es una paradoja.

 

Hoy estamos de frente a una situación problemática: todos, empezando por mí, somos candidatos a una muerte sin sentido, antes de tiempo y si aviso previo. ¡Todos! No la pisamos, anda suelta por todos los rincones. Y entonces hoy tendríamos que afirmar algo que dijo un enorme poeta, Giuseppe Ungaretti: "A la muerte se le enfrenta viviendo". Y vivir es poner en juego la libertad del pensamiento, la audacia y nada menos que lo más profundo de la vida: la paradoja. 

Voy a empezar con la primera lectura a nivel histórica, que es el evangelio de Marcos, aunque su redacción es posterior a la primera lectura que acabamos de escuchar de Primera Corintios. En una especie de "recuerdo de lecturas" valdría la pena retomar primero Cortintios porque genéticamente es anterior y luego Marcos pero históricamente se refiere a Jesús y entonces, empiezo con algo muy simple. En el capítulo 3, verso 6 del Evangelio de Marcos, Marcos dice de manera increíble: "Apenas salieron de la sinagoga, los fariseos junto con los herodianos decidieron matar a Jesús". Esa no es la muerte de la pandemia, es la muerte del poder contra poder: "Te acabamos. Y te acabamos porque nos molestas. Y nos molestas porque nos estás quitando poder". ¡Cuidado con las luchas de poder! ¿Y saben qué hizo Jesús? En lugar de parar el asunto y volver a su casa, se fue de frente. Apenas pasando el capítulo 3, verso 6, donde ya cuenta con una amenaza cierta de muerte violenta, en el capítulo inmediatamente después parece que Jesús de Nazaret echa mano de sus mejores posibilidades y dice: "Se puso a enseñar otra vez junto al lago y se reunió un gentío tan enorme que tuvo que sentarse en una barca para enseñar a los que estaban en tierra junto a la orilla" ¡Qué encantador Jesús de Nazaret. No le importó el poder que lo amenazaba de muerte y más allá de detenerse distiende el asunto. Y puso la primera universidad de la calla con aquellos que todo mundo despreciaba porque no tienen ni siquiera el sentido de dónde va la dirección de la vida. ¡Ese es Jesús de Nazaret: libre, audaz, paradójico pero increíblemente sabio! Me encanta ver a Jesús, imaginarlo sentado en la barca y dirigiéndose al pueblo con una paradoja total porque aquí está Dios, se salió de Jerusalén y ahora está en Galilea a la orilla del mar. Dios no está encarcelado por un sistema religioso; nosotros lo hemos encarcelado en nuestras formas religiosas! Dios rompe las fronteras y se salta las trancas. ¿Dónde está Dios? En una barca, encantado con un pueblo que no vale nada pero que para Dios vale todo. En medio de un pueblo olvidado a quien Dios recupera. 

Jesus tiene entonces una frase muy bella en el capítulo 7 cuando la virgen María fue con sus parientes a detener a Jesús porque dijeron que estaba loco. Y por supuesto, Jesús transita más allá de los límites de lo sensato y no le importó. Y me encanta cuando dice: "¿Quién es mi madre? ¿Quiénes son mis hermanos?" Y remodela la humanidad diciendo: "De ahora en adelante cualquiera que quiera estructurar la vida de las personas tiene que empezar por la escucha de Dios poniéndose como su compañero de viaje. Y entonces tenemos que Jesús habla en parábolas. Y las parábolas suponen una capacidad inmensa de intuir que hay dos mundos: uno que es evidente y otro que es alternativo. ¡Qué sabiduría! 

El salmo 61. Sólo en Dios pongo mi confianza. Hay una frase que es una ironía mordaz: "sólo en Dios he puesto mi confianza; descansa en Dios, vida mía, porque ahí esta mi única certeza". Dios se decanta, no por cualquier lado de la sociedad sino por uno determinado: Yahvé, el Yahvé de Jesús, se decanta por un polo determinado del ambiente social. El salmo 61 nos presenta una ironía tremenda: si en una balanza se ponen a los nobles y ricos del pueblo, y del otro lado al pueblo, es obvio que según nuestro esquema, la balanza se inclinaría por el lado de los poderosos; pero dice el salmo: pongan en la balanza donde Dios mide la justicia de la vida, a todos los nobles y se inclinará del lado de los pobres. 

Dios, nuestro Dios, es el Dios de los pobres, de la locura y la paradoja. Y eso lo entendió perfectamente Pablo. Pablo es un teólogo y profeta. Es profeta porque es teólogo y es teólogo porque tiene una capacidad profética enorme. El texto que hemos escuchado es la base fundamental de la Teología de la Cruz. Les dice a los Corintios que amaban el poder, el dinero la preponderancia, la proximidad social y la seguridad a toda costa: Dios se reveló en Jesús Crucificado con una paradoja inmensa. Dios no ha perdido el rumbo ni el estilo. Dios escogió con una paradoja loca lo que no vale, lo que no cuenta, lo que no sirve... A esos los escogió con una finalidad y Dios se pone del lado de los perdedores de la historia para anular el otro sistema; para que ustedes sean capaces de ver que ni el poder, ni los apellidos ni los títulos ni el dinero tienen la última palabra en la vida de la historia y en la historia de la vida. ¡Tremendo Pablo! Profeta de las paradojas de Dios, dice a los cristianos de Corinto: ustedes son la Iglesia de Dios. ¿Cómo hace Dios la Iglesia? De forma contraria. Y así, mientras la sabiduría de los seres humanos busca el bienestar, Él, con su sabiduría, da vuelta a la historia y la perfila por otro rumbo. 

Empecé diciendo que los muertos temen nuestro fracaso. ¿Y saben por qué? Simple, porque están de frente al que es la vida: el Dios de Jesús. 

P. Octavio Mondragón Alanís, C.P.

Comunidad de la Inmaculada Concepción

Ciudad de México

 

4 de enero de 2020

Misa por el inicio de una reunión pastoral

Presidente:           P. Francisco Valadez Ramírez, C.P.

Concelebrantes:   P. Víctor Hugo Álvarez Hernández, C.P.

                             P. Genelio García Antigua, C.P.

Lecturas: 1Cor 3, 1-9; Lc 17, 7-10

HOMILÍA

El sentido principal de este pasaje bíblico de Pablo a los Corintios no es otro que forjar una iglesia de compañeros, reconociendo la libertad de los creyentes, sin perder de vista la responsabilidad corporativa, para esto Pablo nos invita al amor. Y pone la salud y el crecimiento de la Iglesia por encima de cualquier preferencia o privilegio personal. Somos Iglesia, por ende somos unidad. 

Pablo al fundar la iglesia de Corintio nos aclara que la estructura física no es lo principal, esa Iglesia debe ser fundada sobre Cristo y todos debemos ser siervos de Cristo. Jesús mismo nos dijo que el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir,  y dar su vida en rescate por todos. 

Debemos aprender a vernos unos a otros como servidores de Cristo; no como competente, sino como colaboradores: “Yo planté, Apolo regó” pero fue Dios quien dio el crecimiento. 

La parábola del siervo obediente nos enseña qué nuestra vida debe caracterizarse por la actitud de la entrega. Es una parábola que nos interpela con tres preguntas, siendo Jesus mismo quién nos da las respuestas. Sabemos muy bien que los siervos eran lo que debían estar siempre dispuestos a una  tarea encomendada, sin esperar halagos o algún pago. Esa debe ser nuestra actitud como siervo de Dios. Para alcanzar el Reino: “hagamos lo que debemos hacer”.

Esta parábola nos invita a vivir en la: humildad, la sencillez, la mansedumbre, la mortificación y el celo por el Reino. Para ello debemos tomar a Jesus como modelo, pues él mismo se nos revela como servidor.

En la parábola del siervo obediente encontramos tres preguntas, el cual nosotros al final de cada jornada, deberíamos responder con lo siguiente: “siervo inútiles somos; hemos hecho lo que teníamos que hacer”. 

Ser siervo inútil no es un desprecio más bien representa que somos la nada mientras que Dios es el Todo. Esto significa que nuestra relación con Dios no es una relación en la que negociamos retribuciones, puesto que el mismo apóstol Pablo se autodenominó siervo, no remunerado. Sabemos bien que nuestra ganancia es la gracia que Dios nos otorga y el servicio que le prestamos debe ser fruto de nuestra gratitud.

Dios nos ha prometido una recompensa, un regalo que proviene de su misericordia, no un pago por su servicio. A Dios le servimos porque nos salvó, le servimos porque estamos agradecidos. Nos invita a invocar: "Padre, que se haga tu voluntad". Vivir desde esta afirmación, nos hará siervos comprometidos con el Señor.

P. Genelio García Antigua, C.P.

Comunidad de Nuestra Señora de la Paz

Santo Domingo, D.N.

© Secretaría de la Provincia de Cristo Rey

Ciudad de México, año 2020

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