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Conmemoración de la Pasión de Jesucristo

9 de febrero de 2024

¡Qué complicado resulta asumir el sufrimiento como un elemento constitutivo de la vida! Todos los seres humanos anhelamos y buscamos nuestro bienestar; a todos nos interesa sentirnos bien y, como hemos dicho en ocasiones anteriores, buscamos por todos los medios el camino que nos conduce hacia la verdadera felicidad. Evidentemente, la decisión sobre la vía que cotidianamente hemos de transitar, dependerá de la dicha o el bienestar que se nos ofrece pues, a nadie le interesa tomar una sendero que en sí mismo, pueda ocasionar dolor o sufrimiento.

 

No obstante, es necesario darnos cuenta que el sufrimiento es un elemento constitutivo de la vida. Somos seres limitados y en consecuencia, continuamente estamos expuestos al dolor; sea que lo experimentemos en nuestra propia vida o en el medio en que nos encontramos. Recordemos cuántas vecemos hemos sentido dolor en nuestra historia: sea un dolor físico ocasionado por un accidente o una enfermedad; sea un dolor emocional causado por las crisis vividas en el ámbito familiar durante nuestra infancia o adolescencia, o posiblemente como resultado de una experiencia traumática del pasado; o por la frustración de no saber como hacer realidad nuestros sueños; si no es que por sentir que carecemos de todo, que no tenemos ni habilidades ni cualidades para brillar o ser reconocidos por los demás. Son muchas las causas que pueden ocasionar el sufrimiento interno del ser humano. 

Pero también existen muchas situaciones que perturban la vida de la humanidad como ente colectivo: la inclemencia de los fenómenos naturales, la continua amenaza de la guerra, la dureza de las crisis económicas, la falta de oportunidades laborales o de desarrollo profesional, las enfermedades incurables; la pobreza que hunde en la miseria a millones de seres humanos alrededor del mundo; la creciente violencia que amenaza el sano desarrollo de las personas… Estas y otras tantas situaciones están causando el sufrimiento de muchos hombres y mujeres alrededor del mundo. 

 

Y cuando el sufrimiento parece que se vuelve la característica de la vida, muchos comienzan a perder hasta el sentido de su vida. «¿Para qué continuar viviendo?» es una cuestión planteada por muchos; lamentablemente más común de lo que podríamos o quisiéramos imaginar. Todos nosotros, en lo cotidiano de nuestra vida, tenemos la posibilidad de mirar y encontrarnos con muchas personas. Y cada una tiene una historia de sufrimiento. Quienes son más intuitivos, alcanzan a ver, tan sólo en la mirada, lo complicado de la vida. Muchos ríen, pero a veces las sonrisas sólo son la manifestación de la sequedad del corazón; otros viven enojados, continuamente molestos o malencarados por no saber como sobrellevar el sufrimiento. Y otros, en el peor de los casos, se van cuestionando una y otra vez, si con tanto dolor vale la pena continuar con su vida.

 

El sufrimiento es una realidad que no podemos evitar. Tarde o temprano cualquiera de nosotros puede experimentarlo sea en la misma persona o a través de las personas que nos rodean. Por eso es necesario aprender a asumir el sufrimiento como parte de la existencia humana, no como simple resignación sino como la oportunidad para redimir y llevar a plenitud nuestra vida. En este día, estamos haciendo memoria del misterio de la Pasión de Jesucristo; del sufrimiento de Mesías ocasionado por el sufrimiento de la humanidad. Sabemos que Jesús, durante su vida vivió el sufrimiento especialmente al considerar el dolor de sus hermanos. Cuántas veces Jesús se lamentó la dura situación en que vivían las personas que encontraba en su camino. Sin duda, su compasión fue consecuencia del dolor humano ocasionado por la hostilidad de un sistema que frustraba el ansia de plenitud de sus hermanos: hombres y mujeres privados de dignidad por la dureza de una tradición que, exaltando la pureza, limitaba la vida de aquellos considerados impuros; hombres y mujeres, víctimas del afán de poder de unos cuantos o de la injusta distribución de las riquezas. Y ante ellos, Jesús no se mostró indiferente; por el contrario, se acercó a ellos, los miró compasivamente, se mostró solidario, para recordar que son valiosos a los ojos de Dios pues han sido creados a su imagen y semejanza. Más aún, asumió sus dolores para redimirlos; por eso, sin duda caminó hacia el calvario, dejando que el sufrimiento tocara su misma vida. Y así, como señala el profeta Isaías en los cánticos del siervo de Yahvé, caminó como «sin gracia ni belleza, despreciado y rechazado por los hombres, abrumado de dolores y habituado al sufrimiento». Y rodeado por una muchedumbre que aclamaba su muerte, haciendo eco de tantas muertes inocentes en la historia, subió al madero de la cruz para «sanar con sus heridas» al hombre que había perdido la capacidad de disfrutar la vida. En este día, se nos da la posibilidad de contemplar el acontecimiento del calvario para recordar que en la cruz se encuentra el sentido de la vida que se dona por el bienestar y la salvación de los demás. Hemos de contemplar este misterio, no desde una mirada piadosa que se estremece y se emociona ante el sacrificio del Mesías sino como la oportunidad para asumir su manera de vivir, compadeciéndonos del sufrimiento del otro y, en la medida de nuestras posibilidades, tratar de redimirlo. Por eso, en esta celebración, en nuestra fiesta titular, estamos llamados a decir como el apóstol de los gentiles: «Nosotros predicamos a Cristo crucificado» porque en él encontramos la fuerza que levanta al hombre de su dolor y la sabiduría que le hace encontrar sentido a la vida, aun en medio de los sufrimientos.

 

Pablo de la Cruz, nuestro padre y fundador, comprendió perfectamente el misterio de la Pasión, considerándolo con el camino que redime y conduce hacia la plena felicidad. Por eso, después de contemplar a Jesús en su Pasión, no deseó otra cosa sino «estar crucificado con Cristo», como él mismo lo manifestó en su Diario Espiritual; deseaba compartir el sufrimiento del Mesías, consciente de que así estaría en condiciones de remediar el sufrimiento de tantos hombres y mujeres que, a causa de los diversos males, vivían en el más terrible abatimiento, perdiendo, incluso, el sentido de su existencia. Por eso, su labor apostólica tenía como centro la contemplación de Jesús crucificado y a sus dirigidos espirituales les recomendaba, una y otra vez, la necesidad de recordar continuamente este misterio de salvación. Fue así que la Iglesia le encomendó la tarea de mantener viva la memoria del acontecimiento del Calvario, no mediante una contemplación pasiva sino asumiendo, decididamente el sufrimiento del Mesías, es decir, la compasión ante los sufrimientos de la humanidad. 

 

Que esta, nuestra fiesta titular, la solemne conmemoración de la Pasión de Jesucristo, despierte en nosotros el anhelo de Pablo para vivir unidos a Jesús crucificado, haciendo memoria de su Pasión con nuestra palabra y nuestro testimonio, de modo que, interpelados por el sufrimiento de Cristo, seamos capaces de remediar y dar sentido al sufrimiento de nuestros hermanos. Pues sólo así, seremos capaces de decir verdaderamente que la Pasión de Cristo está grabada en nuestros corazones. 

 

P. Eloy Medina Torres, C.P.​

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